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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 02 de Marzo 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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«Trabajo doce horas al día y cuando llego a casa está siempre sucia. Mi casa apesta. Apesta a suciedad, ¡apesta a todo! Ahora bien, ¿cómo vivir en una casa semejante? ¡Déme usted un consejo o me quito la vida!»

Por el padre Juan Jesús Priego

Un labrador judío, piadoso y bueno, fue un día a quejarse con el rabino del pueblo.

-No soporto mi vida, maestro —dijo el pobre hombre al borde de las lágrimas—. Trabajo doce horas al día y cuando llego a casa me encuentro con que mi mujer no ha hecho aún la cena, y que ocho diablillos me tiran de todas partes para que juegue con ellos y les cuente historias. La casa está siempre sucia, las cazuelas se acumulan en el fregadero y nadie mueve un dedo para quitarlas de allí. Para decírselo en pocas palabras, mi casa apesta. Apesta a suciedad, a leche agria, a basura vieja, a mugre de niño. ¡Apesta a todo! Ahora bien, rabino, ¿cómo vivir en una casa semejante? ¡Déme usted un consejo o me quito la vida!

— ¿Quieres de veras un consejo? —preguntó el rabino guiñando un ojo en gesto de complicidad.

— Sí, sí. Eso es precisamente lo que quiero; para eso he venido aquí, precisamente –respondió el labrador.

— ¿Y prometes seguirlo al pie de la letra?

— Lo prometo.

— Bien —dijo el rabino—. Te daré el consejo que me pides. Pero antes necesito saber una cosa. Entre tus animales, ¿hay una vaca o un toro?

— Tengo dos vacas lecheras —dijo el labrador.

— Muy bien, toma una de ellas y llévala a vivir a tu casa durante un mes. Te advierto que durante todo este tiempo la vaca deberá andar todo lo libre que quiera: la dejarás entrar a las habitaciones y acercarse a la mesa mientras comen tú, tu esposa y tus hijos.

— ¿Durante un mes?

— Durante un mes, ni más ni menos.

El labrador hizo lo que le ordenó el rabino, pero su situación no mejoraba; antes bien, se volvió aún más insoportable de lo que ya antes era. La vaca mugía constantemente, daba coces contra todo lo que se hallaba a su paso y ensuciaba el suelo de una manera espantosa. Al cabo de un mes —es decir, poco antes de quitarse la vida—, el labrador fue otra vez adonde el rabino y le dijo:

— He seguido tu consejo al pie de la letra, maestro, pero la cosa no ha hecho más que empeorar. ¡Está decidido: yo me mato!

— Antes de matarte, ve a tu casa, devuelve la vaca al establo y mañana al atardecer vienes otra vez aquí.

Cuando el labrador hubo sacado la vaca, regresó al otro día a la casa del rabino.

— Ah —exclamó—. ¡Qué diferencia! Mi casa vuelve a ser un hogar.

— ¿Y antes no lo era? —preguntó el rabino.

Sí que lo era, pero el labrador no lo sabía o no había querido darse cuenta. La terapia del maestro consistió en hacer ver al labrador que, por muy mal que nos esté yendo en la vida, siempre podría irnos peor, y que por ello es necesario no quejarnos demasiado.

En el año de 1305, un filósofo alemán conocido con el nombre de Meister Eckhart (1260-1327) publicó un tomito titulado El libro del consuelo divino con el que quería alentar y robustecer el ánimo de aquellos que se encontraban doloridos y atribulados. ¿Un manual de autoayuda medieval? Casi, sí. Pues bien, en ese librito nuestro filósofo dice lo siguiente: «Imaginemos, por ejemplo, un hombre que tuviese cien marcos y de ellos perdiera cuarenta: si sólo pensara en los cuarenta marcos que ha perdido, se sentiría desolado y afligido. ¿Cómo podría consolarse jamás ni librarse del dolor aquél que sólo tiene en cuenta lo que ha perdido y se recrea en su dolor?; si piensa continuamente en su pérdida, si considera sólo su pena, si no habla más que del daño que ha sufrido y lo tiene siempre presente en su espíritu, evidentemente aumentará el perjuicio que ha sufrido, aumentando su sufrimiento. En cambio, si el hombre de nuestro ejemplo se volviera hacia los sesenta marcos que aún le quedan y, olvidándose de los cuarenta que perdió, contara solamente con ellos, se consolaría indudablemente». En otras palabras: ¿perdiste cuarenta marcos; alguien te los robó? Bien, alégrate, pues pudiste haber perdido los cien que tenías. Sí, te fue mal —hay que reconocerlo—, pero pudo haberte ido peor. ¡Ánimo, pues!

Sigue diciendo el filósofo: «Si quieres consolarte de tus desgracias, no pienses en aquellos que están mejor que tú: piensa en los que están peor… Supongamos que un hombre está enfermo y aquejado de grandes dolores corporales, pero tiene vivienda, tiene cubiertas sus necesidades de comida y no le falta la dirección de los médicos, ni el concurso de su servidumbre, ni la simpatía y el interés de sus amigos. ¿No debería este hombre en una situación así acordarse de los pobres que padecen la misma o aún mayor desgracia y no tienen a nadie que tan siquiera les dé agua fresca?».

Según leí en alguna parte, un psicólogo japonés de apellido Morita, cuando tiene que tratar a hombres que  viven quejándose de lo cansada que es la vida, los hace estar en cama durante una semana entera, y durante todo ese tiempo ni les permite leer, ni recibir visitas ni nada de nada de nada, sino sólo eso: estar acostados. Y, contra lo que pudiera creerse, los pacientes se recuperan pronto: a los dos días ya les anda por volver a su trajín de antes. ¿Qué ha pasado con ellos? Nada, que han descubierto que hay algo aún peor que el cansancio, y es estar como muertos echados en una cama.

«¿Quieres vivir feliz? —solía preguntar Joubert (1754-1824), el célebre moralista francés—: Haz la lista de los males que no tienes». ¡Excelente consejo!


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