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Escrito por Mayela Fernández de Vera   
Domingo 02 de Septiembre 2007

PANTALLA CHICA

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Con la televisión como herramienta poderosa, las marcas de los diferentes productos que se anuncian en ella revolotean en la cabeza de todos nosotros los televidentes.

Por Mayela Fernández de Vera

Con la televisión como herramienta poderosa, las marcas de los diferentes productos que se anuncian en ella revolotean en la cabeza de todos nosotros los televidentes, como si se tratara de un secreto al oído, un cuchillito de palo, un taladro invisible pero perforador de nuestra conciencia, pues a base de repetir la consigna: «este producto de la marca X te hará feliz, poderoso, rico, joven, guapo, sano, interesante y maravilloso», terminamos por sentir una espontánea necesidad por aquel producto que en realidad no necesitamos, pero nos gusta ,y además tiene la ventaja de que es el que se anuncia por televisión, y que seguramente todo el mundo quiere tener. Un gusto por el cual —generalmente— tendremos que pagar una exorbitante cantidad de dinero.

La sensación moderna de bienestar al comprar algo obsoleto, inútil y feo, a pesar de ser muy caro, por ser de una marca muy conocida, consiste precisamente en eso, en su precio, en las cualidades virtuales que inventa o exalta la mercadotecnia en los mensajes comerciales, aludiendo a los sentidos, a los sentimientos y a las creencias personales respecto a uno mismo. Se piensa, erróneamente, que algo valioso tiene que ser muy caro, y por tanto, sólo puede tenerlo alguien que tenga mucho dinero, es decir, alguien importante, alguien valioso, que puede darse el lujo o el capricho de comprarlo.

Actualmente, la valoración de la persona ya no es solamente por ser precisamente eso, una persona; ni siquiera por su personalidad ni su aspecto físico, sino por las marcas que usa, por las marcas que le dan valor. Si el muchachito que usa los tenis más caros de marca internacionalmente conocida siente que vale gracias a esos tenis (o zapatillas, como se les llama en España) es que su autoestima está por los suelos. No sabe que el día que no tenga unos de esos tenis y tenga que comprar otros de una marca «patito» seguirá siendo él mismo, seguirá siendo digno de respeto, que él vale por ser hombre, por ser hijo de Dios, por ser único e irrepetible, sea que luzca las zapatillas de oro del rey de Constantinopla o que camine descalzo. Ahí es donde tenemos que trabajar los padres con nuestros hijos y también con nosotros mismos. La objetividad en cuanto a la necesidad de obtener algún producto, la reflexión en cuanto a esa necesidad, el análisis del producto en cuanto a la satisfacción de esa necesidad, es materia de aprendizaje en nuestras compras diarias, en nuestra percepción diaria de los anuncios comerciales por la televisión. Necesitamos enfriar la cabeza, salir de la pantalla del televisor para pensar verdaderamente en lo que nos venden, la credibilidad al anuncio y los beneficios que tendremos al adquirir aquel producto.

No se trata de evitar las marcas comerciales reconocidas nada más porque sí, pues en algunas la proporción precio- calidad es correcta y en otras no; se trata, más bien, de analizar y resolver, objetivamente, si esos productos de marca conocida tienen ventajas reales por encima de otras marcas. La costumbre y exigencia de comprar únicamente marcas reconocidas y extenuarse por adquirirlas reside en la importancia que la familia da a las cuestiones superficiales y pasajeras de la vida, la importancia al qué dirán, la esclavitud bajo el absurdo de copiar los modelos de bienestar que plantea como únicos la televisión. La libertad respecto a las exigencias de compra de la masa se puede lograr conociendo los productos y las características que éstos tienen para ser considerados de calidad, las necesidades concretas que tenemos y la voluntad para decir no a tantas tentaciones vanas que nos ofrece la sociedad de consumo. Esto se aprende y se enseña. Si vamos a un gran establecimiento comercial y queremos probar lo libres que somos, nos dará mucho gusto reconocer que salir sin hacer una sola compra innecesaria, a pesar de que era una ganga, a pesar de que era una marca muy conocida, nos hace sentirnos tan contentos como nos sentíamos antes de entrar…tal vez más.


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