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Escrito por Padre Umberto M. Marsich, s.x.   
Domingo 02 de Marzo 2008

ESTUDIO

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GUÍA PARA LA LECTURA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA (9 de 18)
...prójimos de los demás viviendo el «amor fraterno»...

Por el Padre Umberto M. Marsich, s.x.

SEGUNDA PARTE: LA VIDA DE JESUCRISTO EN LOS DISCIPULOS MISIONEROS (JUZGAR-ILUMINAR).

La realidad, descrita anteriormente, es iluminada por una serie de «buenas noticias» (cap. 3) y por medio de los «discípulos misioneros», considerados instrumentos del Señor (cap. 4, 5 y 6). Vamos reflexionando capítulo por capítulo.

 Capítulo 3: «La alegría de ser discípulos misioneros para anunciar el Evangelio de Jesucristo» (Esquema 2).

Ante la realidad, que nos desafía, hacemos nuestra la pregunta de Tomás: «¿Cómo vamos a saber el camino?». La respuesta es que «Jesucristo es el camino, la verdad y la vida» y, por eso, debemos escucharlo y seguirlo (101-103). Escuchándolo, es como recibimos algunas «buenas noticias», imprescindibles en nuestro caminar. Esas son (Esquema 2.1):

a) La dignidad absoluta, innegociable e inviolable de la persona humana, por ser imagen y semejanza divina, por estar dotada del precioso don de la libertad y de la fe y por haber sido transformada en hijo/a de Dios (104-105).

b) La vida, cuyo valor y sentido se clarifica en Cristo, la recibimos para ponernos al servicio de los demás (106- 113).

c) La familia, fundada en el matrimonio entre varón y mujer, escuela de fe y de valores, e Iglesia doméstica (114-119).

d) La actividad humana:

*Del trabajo. Es una dimensión fundamental de la existencia, que nos realiza como personas, nos santifica y nos permite ser colaboradores con Dios en la construcción del Reino (120-122).

*De la ciencia y la tecnología. Son actividades humanas finalizadas a prolongar la expectativa de vida y su calidad. Sin embargo, habrá que considerarlas dentro de sus límites e insuficiencias para responder a los grandes interrogantes de la existencia humana (123-124).

e) El destino universal de los bienes de la tierra y la ecología. Conscientes que Dios ha creado el mundo y sus bienes para la vida de sus habitantes, no podemos considerar correcto que su posesión no sea solidaria y equitativa. Inaceptable es que lo sigamos destruyendo, como si fuéramos la última generación llamada a vivir en él. El hombre, por lo tanto, no puede seguir siendo una amenaza para la naturaleza, y su destrucción y contaminación debe ser juzgada como «pecado ecológico» (125-126).

Este tercer capítulo se cierra con una reflexión acerca de América Latina, «Continente de la esperanza y del amor» (127-128).

Capítulo 4: «La vocación de los discípulos misioneros a la santidad» (Esquema 2).

También este capítulo es dirigido a los «discípulos misioneros». Ellos, dotados de profunda espiritualidad y buena formación, según el documento, son quienes deberán responder a la realidad e iluminarla a través de la «misión continental permanente». La condición, para lograrlo, es la santidad.

Se trata éste de un llamado que Dios hace a todos los discípulos misioneros seguidores de Jesús; aquellos que, a imitación del Pueblo de Israel, llamado a experimentar la presencia de Dios, responden a la invitación de Jesús el Maestro, de estar con Él, el solo que tiene palabras de vida eterna (129-131). Como los sarmientos a la vid, los discípulos permanecerán vinculados al Señor, a su pasión, muerte y resurrección, haciendo propia la misma misión del Maestro: «construir su Reino para que todos, en Él, tengan vida plena» (132).

La dinámica del Buen Samaritano, o sea, la de hacerse prójimos de los demás viviendo el «amor fraterno», por cierto, será la característica permanente de los discípulos del Señor (135) que mejor los configurará a Él (136-142) y les permitirá realizar su proyecto, animados y conducidos por el Espíritu Santo (149-153).

En efecto, el seguimiento del Señor; la práctica del amor al prójimo; la acción misionera de anunciar el Reino a todas las naciones; la evangelización que otorga preferencia a los pobres y a su rescate social (146) y la fidelidad a las mociones del Espíritu Santo, a la manera de María, madre de Jesús, garantizan la calidad del itinerario de santidad de todos y cada uno de los discípulos misioneros de Jesucristo (149-153).

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