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Escrito por +Felipe Arizmendi E., Obispo de San Cristóbal de Las Casas   
Domingo 24 de Febrero 2008

LA VOZ DE LOS PASTORES

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Pareciera que quien no anda con su celular por todos lados, no vale. Ya hay niños que no pueden vivir sin él.

Por Felipe Arizmendi E., Obispo de San Cristóbal de Las Casas

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La Comisión Federal de Telecomunicaciones informó que en el país hay casi 62 millones de usuarios de telefonía celular. Considerando que somos 105 millones de habitantes, llama la atención que, a pesar de la pobreza generalizada, más de la mitad de ciudadanos posee un celular (un móvil, como dicen en España). Algunos tienen dos o tres. ¿Qué significa esto? ¿Es progreso, libertad, facilidad para comunicarse, o esclavitud, moda, obsesión?

No es raro ver a indígenas, empleadas domésticas, albañiles y choferes usándolos con normalidad. Las mujeres tsotsiles que tejen y venden artesanías en nuestra ciudad, lo tienen siempre a su lado. Recorriendo lugares muy lejanos de la selva, vi a un joven sacando fotos con su celular. No hay señal para llamar y recibir llamadas; pero cuando viene a la ciudad, le sirve mucho. Con todo, como nos decía una joven tseltal, hay quienes lo adquieren para «apantallar», para sentirse que valen y que están en lo nuevo, pero no tienen crédito, a quién llamar, ni quien los llame. Pareciera que quien no anda con su celular por todos lados, no vale. Ya hay niños que no pueden vivir sin él.

JUZGAR

Nadie duda de la utilidad de un celular. Si no fuera tan ventajoso, no hubiera tenido tanto éxito. Además, no podemos quedarnos con imágenes estereotipadas de los indígenas, sumidos en la miseria, como si no tuvieran derecho a acceder a los bienes modernos. Como me dijo un indígena que me pidió dinero prestado para comprar un horno de microondas. Al preguntarle por qué lo quería y hacerle cierta broma de que ya se estaba modernizando, me respondió: «Si tú tienes, ¿yo por qué no puedo tenerlo?». Argumento contundente. Me dejó callado. Tienen todos los derechos y son legítimas sus aspiraciones. No se pueden quedar anclados en el pasado, como en una reserva de museo.

Sin embargo, hay que discernir el uso del celular, pues algunos se han esclavizado a él, no respetan los tiempos de oración ni las celebraciones, interrumpen conversaciones sobre temas importantes, interfieren reuniones en que se tratan asuntos de trascendencia, rompen momentos de intimidad, impiden gozar la soledad del silencio.

Jesús es muy claro, cuando nos advierte: «Eviten toda codicia, porque, aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15; cfr.  Mc 10,23). Es decir, no por tener uno o más celulares están asegurados el éxito y la felicidad. Hay muchos pobres que no lo tienen y, sin embargo, son personas muy valiosas. Los objetos materiales son necesarios y hay que saberlos usar, pero sin depender totalmente de ellos. Ser libres para usarlos, y libres para dejarlos a un lado cuando hay razones fuertes para apagarlos.

ACTUAR

Sugiero algunas actitudes:

Hacer una lista de las cosas que más necesitamos, y ver si el dinero de que disponemos nos alcanza para el gasto ordinario de un celular. Primero están la comida, la salud, las necesidades del hogar. El hecho de no tener celular no te hace valer menos. Sé capaz de valorarte por lo que eres, no tanto por lo que tienes.

Organizar los tiempos de tenerlo encendido, para recibir cualquier llamada y estar atentos a lo que se nos requiera, pero también apagarlo cuando tenemos una reunión importante, cuando atendemos personas en sus problemas, cuando tratamos asuntos que piden concentración, cuando hay que escuchar a los hijos o a la pareja. No seamos irrespetuosos con quienes están trabajando junto a nosotros. No cortemos la inspiración del asunto que estamos tratando. No se acaba el mundo si apagas tu celular en determinados momentos. Además, tienes el recurso de recibir mensajes grabados, para atenderlos después.

En una asamblea, en un retiro espiritual, en una reunión importante, habría que tomar el acuerdo de apagar todos el celular, a no ser que alguien esté esperando una llamada de suma importancia, como la información sobre la salud de un ser querido muy enfermo, u otros asuntos graves. Se necesitan prudencia y sabiduría, para discernir cuándo mantenerlo encendido y cuándo apagado. Al entrar al templo hay que escuchar a Dios, atender su voz en el interior del corazón.


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