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¿Por qué me hice sacerdote? / Santiago Martín Imprimir
Escrito por María Velázquez Dorantes   
Domingo 24 de Febrero 2008

¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? / SANTIAGO MARTÍN

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«Para mí la vocación surgió como una unión con Dios, y como solidaridad con el que sufre»

Por María Velázquez Dorantes

Entrevista al padre Santiago Martín, de origen madrileño, un hincha del Real Madrid, pero incapaz de ver un partido de futbol. Fundador de  un movimiento de espiritualidad que está en 26 países y que ha sido ya aprobado por el Vaticano, para vivir y difundir el agradecimiento a Dios a imitación de María y para defender a la Iglesia.

¿Cómo nace la vocación de ser sacerdote?

Como un encuentro con Dios, al que siento muy cercano a mí, alguien que me quiere como nadie me puede querer. A la vez, nace como un encuentro con el sufrimiento humano, ante lo cual siento la llamada a intentar aliviarlo. Por lo tanto, para mí la vocación surgió como cruce de dos dimensiones: una, la de la unión con un Dios que me ama, y otra la de la solidaridad con el que sufre.

¿Cuál fue la reacción de sus padres cuando les comunico que deseaba ser sacerdote?

En un primer momento no lo entendieron y tuvieron miedo a que fuera una ilusión y que, pasado el tiempo, se me pasara y me dejara con el mal sabor de boca de la frustración y los años perdidos. Por eso me hicieron esperar hasta que fui mayor de edad y cuando cumplí 18 años me dieron permiso para ir al Seminario.

¿Cuáles son los retos más significativos que ha tenido que enfrentar usted, como sacerdote?

La batalla primera, la más dura, la permanente es la que libro en mi propio interior. Es la batalla por la santidad, por la conversión continua, por impedir que la rutina se adueñe de mi corazón y de mis obras, por lograr que cada día tenga la misma ilusión en seguir siendo sacerdote, la misma unión con Dios, la misma sensibilidad ante el dolor del prójimo.

¿Cómo considera que se está construyendo la imagen del sacerdote actualmente?

Es cierto que los medios de comunicación hacen mucho daño, pero creo que lo peor procede de que hemos perdido de vista la importancia del alma, e incluso su existencia. El sacerdote es el médico del alma, y si no damos importancia al alma ni a sus enfermedades, no damos importancia a la labor del médico que las cura. Sin embargo, las enfermedades del alma, los pecados, están ahí y sus resultados son bien visibles: los abortos, los divorcios, la violencia, la injusticia y tantísimas cosas más. No se valora el sacerdocio porque no se valora el alma.

¿Cómo reciben la sociedad y las instituciones políticas a los sacerdotes en estos momentos?

En la sociedad hay de todo, pues sigue habiendo mucha gente que ve en el sacerdote a un hombre de Dios. Los políticos, en cambio, tienden a instrumentalizarlo y, cuando no lo consiguen, se revuelven contra él e intentan destruirlo, llegando a veces hasta a la calumnia. Un ejemplo es lo que le ha sucedido al cardenal Rivera.

Cuéntenos, por favor, cuándo le pusieron «pájaro espino» y por qué.

No es ésta una cuestión que me agrade especialmente. Sé que algunas personas me llamaban así por mi parecido a cierto actor, cuando comencé a salir en televisión. Afortunadamente para mí, ahora que han pasado los años y han venido los kilos ya no me dicen esas cosas.

¿Qué piensa del periodismo religioso, como vínculo entre el sacerdote y el periodista?

Es un tipo de periodismo muy difícil. De alguna manera, estás permanentemente crucificado, sobre todo si eres sacerdote. Cualquier cosa que pueda sonar a crítica recibe grandes ataques y a veces te reprochan que cuentes incluso la realidad. Yo lo ejercí durante catorce años, al frente de la sección de Religión de ABC y sufrí muchísimo. Ahora me limito a enviar un artículo semanal al diario La Razón. Hay otro tipo de periodismo, que es más apostólico, como los programas de televisión que hago (llevo más de veinte años seguidos haciéndolos), que no me crea ningún problema y me llena de satisfacciones. Pero el ejercicio del periodismo en el sentido estricto, es decir el que cuenta la realidad y la valora, es muy, muy difícil.

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