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VIGÍA 
Llamamos limosna a las moneditas que damos a los tragafuegos en el semáforo de la esquina, o a los diez pesos que metemos en la canasta de la colecta en la misa dominical.
Por Javier Algara La lectura del mensaje papal para esta Cuaresma lo deja a uno profundamente impresionado. Y así debe ser. Las palabras pronunciadas en la Iglesia durante la Cuaresma deberían siempre sacudir los corazones y las mentes de los creyentes en Cristo. La conversión, condición necesaria para entrar en la dinámica de la Pascua, no se da si el alma no es sacada violentamente de su complacencia e inercia habitual. Y en esta ocasión es la reflexión del Papa acerca de la limosna lo que se encarga de desestabilizarnos. Porque el concepto común que tenemos de la limosna está a años luz de lo que la Iglesia ha entendido desde sus inicios. Llamamos limosna a las moneditas que damos a los tragafuegos en el semáforo de la esquina, o a los diez pesos que metemos en la canasta de la colecta en la misa dominical. Tal concepto de limosna tiene la ventaja de que no merma nuestra seguridad financiera, ni mucho menos, y cada vez que lo hacemos nos sentimos socialmente cumplidores y filantrópicos. Y no es que no lo seamos, pero ciertamente no lo somos al estilo cristiano. Porque la limosna cristiana nace, fundamentalmente, de la fe. La fe en Cristo nos libera de nuestro egoísmo y soberbia, signos externos del pecado que se anida en el corazón incapacitándonos para amar a los demás. La fe rompe ese paradigma nefasto. Y sabemos que se ha roto cuando podemos amar a los demás, incluso perdonar a los enemigos, y demostrarlo con obras concretas, sin tener miedo a poner en riesgo nuestra propia seguridad. Es por eso que la carta de Santiago nos dice que la fe sin obras es falsa. La limosna es la reacción natural del cristiano que ve a alguien sufriente e incapaz de lograr salir de ese sufrimiento por sus propios medios económicos. Sabe que la necesidad aquella requiere mucho más que la morralla que trae en el bolsillo; que si de verdad quiere ayudar, tendrá que sacar dinero del banco: lo que tenía ahorrado para las vacaciones, para empezar un nuevo negocio, o para alguna emergencia. Y lo hace. Su genuino interés —caridad, solidaridad cristiana— en el que sufre superó su miedo a verse desprotegido, porque la fe le ha quitado la angustia de pensar que va a deshacerse de sus seguridades para ayudar a quien sufre. La esperanza, además, esa virtud hermana de la fe y de la caridad, le garantiza al cristiano que recuperará su «inversión» en forma mucho más espléndida que lo que le puede ofrecer cualquier casa de banca o plan de ahorros. Y, a fin de cuentas, ¿será justo pensar que porque yo gané el dinero tengo derecho a gastármelo yo solo? La fe nos hace ver las cosas de otro modo; a la manera de Dios. Y la Biblia no deja lugar a dudas: el dinero podrá ser producto del trabajo de unos pocos, pero debe ser usado para aliviar las dificultades de todos los que sufren, especialmente si éstos no tienen cómo hacerse de los medios necesarios para solventar sus necesidades. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento insisten tercamente en ello. Por eso la limosna, la verdadera limosna, ha sido un tema tan importante en la Iglesia desde sus inicios, porque es manifestación de la fe cristiana genuina. Y ¿qué mejor tiempo para demostrarlo que la Cuaresma? |