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DICCIONARIO DE AUTORES CATÓLICOS DE HABLA HISPANA 
Historiador y filósofo argentino. Hombre político y abogado «sin bufete», Palacio fue ante todo un brillante ensayista histórico y un eminente teórico político.
Por Sebastián Sánchez Neukén Historiador y filósofo argentino. Hombre político y abogado «sin bufete», Palacio fue ante todo un brillante ensayista histórico y un eminente teórico político. Luego de algunos escarceos juveniles con el anarquismo, fue uno de los referentes del vanguardismo literario en la Argentina, nucleado en torno a la revista Martín Fierro, (junto a Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernárdez y muchos más). Más su verdadero filón intelectual llegaría con su conversión al catolicismo y su ingreso a la política, de la mano de Leopoldo Lugones, otro grande de las letras argentinas. De esa época data su libro Catilina contra la oligarquía, en el que descubre un nuevo Catilina y describe las técnicas con las que suele deformarse la historia. Comenzaría así su derrotero intelectual en el que supo elaborar una teoría política centrada en la crítica a la democracia liberal. Considerado un hombre del nacionalismo católico, entabló una fructífera amistad con los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta que pronto se hizo extensiva a la figura del por entonces embajador español en Argentina, don Ramiro de Maeztu. Gracias a su amistad intelectual con los primeros, Palacio cultivó la historiografía a partir del llamado «revisionismo histórico» iniciado en los años ’30 y ’40. Excelente prosista, se vinculó estrechamente con las publicaciones más importantes de su época como el diario La Nueva República y las revistas Criterio, Sur, Dinámica Social. Cuando llegó el peronismo nuestro autor, al igual que otros nacionalistas, se sumó al naciente movimiento del que llegó a ser diputado nacional entre 1949 y 1955. Esto le valió no pocas penas y la pérdida de muchas amistades que veían mal su ingreso a la política partidaria. No obstante, jamás abjuró de esa cercanía con el Justicialismo. Mencionamos sus obras principales: El espíritu y la letra (1936), La historia falsificada (1939), Catilina contra la oligarquía (1945), Teoría del Estado (1973) y su monumental Historia de la Argentina (1954, 1983). Compartimos hoy un fragmento de su La historia falsificada, en el que desarrolla una disquisición acerca del origen y el destino de nuestro pueblo: «A semejanza de los liberales de España, nosotros también quisimos ser cualquier cosa menos españoles. Pero entonces, ¿qué seríamos? Como no podíamos declararnos hijos de nadie, nuestro orgullo nos llevó a componernos una genealogía fabulosa (…) según el mito, descendíamos de una hembra autóctona, que había sido fecundada por un dios extranjero, el genio de la Revolución Francesa, dando a luz un pueblo heterogéneo, pero dueño del porvenir. (…) la adopción de este mito arbitrario envenenó toda nuestra vida colectiva. Porque declararnos hijos de la Revolución, tanto daba como declararnos hijos del Caos, ya que sus principios implican la negación de todas las condiciones de la convivencia social. Ellos nos obligaban a despojarnos, en nombre del Progreso, de nuestra religión heredada; en nombre de la Civilización, de nuestra predisposición atávica por la aventura; en nombre de la Prosperidad, de nuestro idealismo caballeresco; en nombre de la Igualdad, del culto por los héroes; en nombre de la Libertad, de la sumisión a la autoridad legítima. (…) ¿Dónde está el camino de la salvación? Es el caso de repetir la fórmula que Maeztu adopta: «Ex proetérito spes in futurum». Sólo una revisión de nuestra historia nos pondrá en condiciones de proclamar abiertamente ante el mundo nuestro ser y nuestro ideal». |