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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 24 de Febrero 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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«No vaya a creer usted que sus amigos le telefonearán todas las noches, como deberían hacerlo, para saber si tiene necesidad de compañía. Si los amigos le telefonean, lo harán en la noche en que usted no está solo y en que la vida le parece hermosa».

Por el padre Juan Jesús Priego

Recuerdo que cuando en mis tiempos de estudiante de filosofía tuve que leer algunos textos de santo Tomás de Aquino (1225-1274), me sorprendió mucho descubrir que, para él, una de las razones que hacían inaceptable el suicidio era la siguiente: rompía los lazos que unen al suicida con la sociedad. Más que sorprenderme, esta manera de ver las cosas sinceramente me chocó.

Estaba de acuerdo en que el asesinato de uno mismo era algo moralmente reprobable, que se trataba de una acción que había que evitar aún en las situaciones más desesperadas, etcétera; lo que no lograba comprender era qué tenía que ver en ello la sociedad. Si mi memoria no me falla, mis pensamientos en aquella época corrían más o menos por estos senderos: «Puesto que nadie se suicidaría si no se sintiera solo, la sociedad, de alguna manera, es culpable de esa muerte. ¿Por qué nadie va a buscar al desesperado para arrebatarle el arma que va a utilizar contra sí mismo? ¿Por qué nadie lo llama para preguntarle si se encuentra bien, si no necesita compañía o por lo menos una palmada cariñosa en el hombro? En la vasta ciudad nadie piensa en su pobre persona, nadie lo recuerda. ¡Y ahora resulta que es él quien corta los lazos, el que viola la ley! ¡Pues no, no y no! La razón debe ser otra, pues ésta me parece insuficiente además de injusta».

Por aquel entonces acababa de leer La caída de Albert Camus (1913-1960) y aún resonaban en mi interior algunas frases de aquel monólogo admirable: «Sobre todo no vaya a creer usted que sus amigos le telefonearán todas las noches, como deberían hacerlo, para saber si no es precisamente ésa la noche en que usted decidió suicidarse, o sencillamente si no tiene necesidad de compañía, si no se dispone a salir. Pero no, si los amigos le telefonean, tenga usted la seguridad de ello, lo harán en la noche en que usted no está solo y en que la vida le parece hermosa».

En el fondo, me decía a mí mismo, los culpables son siempre los otros por no llamarnos cuando deberían hacerlo. Por dejarnos solos tanto tiempo. ¡Que se diga que el suicidio atenta contra el amor debido a nosotros mismos, o, incluso, contra el amor que debemos a Dios, que fue quien nos puso en este mundo, pero no que atenta contra el amor de los demás; eso no, eso nunca!

Recuerdo haber dicho todo esto a mi viejo profesor de ética, que se me quedó mirando dolorosamente. Lo único que acertó a decirme fue una frase tomada del Evangelio: «Esto no puedes comprenderlo ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Sí, fue mucho más tarde cuando lo comprendí, y sólo después de haber escuchado la queja de muchos hombres y mujeres que no encontraban el modo de sobrevivir a sus muertos voluntarios. Casi todos ellos se mostraban ofendidos, ultrajados, llenos de desprecio: aquella muerte solitaria, silenciosa, los había matado a ellos también.

Pienso, por ejemplo, en el caso de aquel padre de familia que se ahorcó en su recámara mientras en el cuarto de enfrente respiraban dos niños que se quedarían solos a merced de la vida. ¿No era justo pensar en ellos? ¿No era necesario que aquel hombre aceptara su desesperación como el precio que había que pagar para no dejar solos a aquellos seres que tanto lo necesitaban? Pero mucho me temo que él pensó sólo en su propia soledad y nunca en la soledad de aquellos a quienes golpearía su ausencia. ¿No era demasiado egoísmo?

Muchos años de una psicoterapia de pacotilla y cientos de miles de libros de autoayuda inspirados en ella nos han enseñado a creer que lo primero que cuenta es nuestra persona, nuestros complejos y nuestra felicidad.

En la época en que su madre se estaba muriendo —cuenta William J. Doherty en su libro Soul Searching— una mujer estaba en terapia con un especialista muy afamado, y cuando ésta habló del deber de estar junto a su madre durante sus últimos días, el terapeuta le hizo esta pregunta: «¿Y qué cosa es su madre para usted en este momento?». En otras palabras, ¿por qué sacrificarse por una madre, un padre, un hijo o un cónyuge? ¿Por qué pensar demasiado en ellos si nuestro primer deber es para con nosotros mismos?

A veces pienso que, en un cierto sentido, al insistir tanto en el yo y tan poco en el nosotros, la psicología ha acabado convirtiéndonos en hombres y mujeres profundamente egoístas y antisociales. Antisociales en el sentido de que los demás influyen cada vez menos a la hora de tomar las decisiones que supuestamente nos habrán de llevar a la tan anhelada «autorrealización personal». Pero se trata sólo de una sospecha, y acaso sea yo demasiado injusto al expresarla.

Sea como sea, santo Tomás tenía razón: el suicidio, aparte de ser un pecado (es decir, una grave ofensa a Dios), es también un rechazo de los demás, un desprecio que los hiere: es tomar, respecto a ellos, una distancia infinita. 

El mundo ha dado vueltas, y ya no soy más aquel joven estudiante de filosofía que quería criticarlo todo. Ahora la vida me ha enseñado que no es prudente despreciar la sabiduría de los antiguos.

Recuerdo el caso de una mujer cuyo marido se había suicidado disparándose un tiro a la cabeza: ¡con qué rencor hablaba de él, con qué rabia! «Me ha dejado sola, sola», decía gritando. «¡Lo odio!».

Ahora el que miraba dolorosamente era yo. Así miraba a aquella mujer. Porque tenía razón, porque no se equivocaba, porque la habían dejado sola. ¡Ah, santo Tomás, qué superficial era yo en otro tiempo!...


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