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ESTUDIO 
GUÍA PARA LA LECTURA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA (8 de 18) ...el esfuerzo de muchos laicos por formarse teológicamente...
Por el Padre Umberto M. Marsich, s.x. PRIMERA PARTE: LA VIDA DE NUESTROS PUEBLOS HOY (VER) [Continúa]. Con respecto a la «situación sociopolítica», se destaca el fortalecimiento positivo de ciertas democracias y la frustración de otras, donde aumenta el riesgo de caer en renovados autoritarismos y totalitarismos (74-75). Después de un tiempo de duros ajustes económicos, hoy se aprecia «un esfuerzo de los Estados por definir y aplicar políticas públicas en los campos de la salud, la educación, la vivienda etc.» (76). Igualmente se constata «una creciente voluntad de integración regional con acuerdos multilaterales, involucrando a un número creciente de países que generan sus propias reglas en el campo del comercio, los servicios y las patentes. Al origen común se une la cultura, la lengua y la religión, que pueden contribuir a que la integración no sea sólo de mercado, sino de instituciones civiles y, sobre todo, de personas» (82). Contemporáneamente, hay que lamentar, una vez más, el aumento de la corrupción, que alcanza a todos los poderes e instituciones públicas, el deterioro del tejido social, el crecimiento de la violencia, el narcotráfico y la presencia de luchas armadas (81). Como consecuencia de todos estos fenómenos, atestiguamos en los jóvenes el desencanto por la política y la democracia (77). Aparecida asume la angustia, generalizada en todo el orbe, por la destrucción ecológica y lanza una convocatoria a defender el medio ambiente a través de políticas económicas sustentables (84-86). También lamenta los efectos del calentamiento global, cuyo testigo es el proceso del deshielo antártico (87). El panorama de la realidad latinoamericana termina con algunas consideraciones sobre los indígenas y afro americanos. Se les reconoce como culturas diferentes (89) y se denuncian todas las situaciones que, discriminándolos y excluyéndolos una vez más, amenazan su dignidad e identidad cultural (90-97). Consciente de esta situación, se piden a la Iglesia acciones de defensa, de integración a su vida eclesial y de denuncia profética. Las estructuras de pecado, que afectan a nuestros pueblos, no pueden seguir inalteradas y deben ser denunciadas (95). Por último, este capítulo presenta la «situación de la Iglesia en América Latina» en sus luces y sombras. Son luces: la gran animación bíblica que aumenta el conocimiento de la Sagrada Escritura (98-99); la renovación de la catequesis, de la liturgia y el crecimiento de la religiosidad popular (99). Un reconocimiento especial se otorga a los numerosos sacerdotes santos, presentes en el continente (99c) y a la «abnegada entrega de tantos misioneros y misioneras que, hasta el día de hoy, desarrollan una valiosa obra evangelizadora y de promoción humana en todos nuestros pueblos, con multiplicidad de obras y servicios» (99d). Se destaca el aporte significativo de la vida consagrada y el florecimiento de las Comunidades Eclesiales de Base y de otros movimientos. Se aplaude, luego, el esfuerzo de muchos laicos por formarse teológicamente y dejarse guiar por la Doctrina Social de la Iglesia en su compromiso social y político (99f). Se reconoce, finalmente, el avance de una Pastoral más orgánica, para servir mejor a las necesidades de los fieles. En la revaloración de la ética se discierne un signo de los tiempos que manifiesta la urgencia de superar los graves fenómenos del hedonismo, la corrupción y el vacío de valores (99g). Son sombras: el decrecimiento de los fieles y sacerdotes (100), la falta de autocrítica eclesial, el exagerado moralismo, la débil opción por los pobres, la discriminación de las mujeres, una espiritualidad individualista, la falta de espíritu misionero en los miembros del clero (100e), de comunión de bienes y un escaso acompañamiento de los laicos en su compromiso social. Se constata la persistencia del ritualismo y del individualismo espiritual. Se advierte, por supuesto, una particular preocupación por «los cambios culturales que dificultan la transmisión de la fe por parte de la familia y de la sociedad» (100d), y angustia por los fieles que abandonan la práctica religiosa y la Iglesia (100f-h). |