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NUESTRO PAÍS El 60% de los mexicanos no puede surtir sus recetas médicas debido al alto costo de los medicamentos 
Mientras los laboratorios se han abocado a investigar remedios contra la obesidad o la celulitis, los marginados tendrán que esperar los paliativos para las enfermedades de la pobreza.
Por fray Gilberto Hernández García, OFM La Jornada Mundial de Oración por los Enfermos se viene celebrando en todo el mundo desde 1992; entraña un gesto de solidaridad, mediante la oración y otras acciones, con quienes sufren y padecen el dolor que inevitablemente causa la enfermedad. La fecha es una invaluable oportunidad para «reflexionar sobre el sentido del dolor y sobre el deber cristiano de salir a su encuentro en cualquier circunstancia que se presente», como ha señalado el papa Benedicto XVI en su mensaje de este año con motivo de la Jornada recientemente celebrada. El problema de los medicamentos En este tenor, sin lugar a dudas, uno de los mayores problemas que vienen aparejados con la enfermedad es el que tiene que ver con los altos costos de los servicios médicos y, particularmente, con los medicamentos. Si bien es cierto, el gobierno busca proporcionar los servicios de salubridad, éstos, que son un derecho fundamental, no han alcanzado a cubrir el total de la población. Así las cosas, según la Secretaría de Salud los mexicanos destinamos cerca del 2% de nuestros ingresos para comprar medicamentos; sin embargo, la población en situación de pobreza extrema destina hasta 40% de sus ingresos para adquirir las medicinas que necesita. Por su parte, la Asociación Nacional de Farmacias de México (Anafarmex) ha dicho que el 60% de las personas no pueden surtir sus recetas médicas debido al costo de los medicamentos. Esta situación parece no tener remedio, puesto que las medicinas son cada día más caras y nuestro sistema nacional de salud pública no tiene los medios suficientes para paliarla. Es evidente que gran parte del problema gravita en los laboratorios que producen las medicinas «especializadas», esas que se necesitan para enfrentar enfermedades como el SIDA. Estos enormes emporios transnacionales con sede en países desarrollados, que además de la fabricación de los fármacos invierten grandes cantidades para la investigación, no están dispuestos a ceder en sus políticas de comercialización, negando el acceso a medicamentos básicos a millones de enfermos en el mundo entero. Razón de los altísimos precios Cuando usted adquiere algún medicamento no sólo paga el costo de la producción sino el valor de la patente, es decir, el derecho de usufructo exclusivo del medicamento por parte del laboratorio por haber descubierto el fármaco o el modo de producción. Esta práctica de las empresas farmacéuticas para recompensarse sus investigaciones implica la prohibición de usar esos conocimientos y formas de producción por otras empresas a menos que paguen un elevadísimo precio por la patente. Una patente generalmente tiene una vigencia de 17 años, al término de los cuales otras empresas pueden utilizar las fórmulas para producir medicamentos genéricos, con lo cual se disminuye el costo entre un 30 y un 50%; sin embargo, este lapso puede prolongarse por tres años más mediante una serie de argucias legales en detrimento de los consumidores. Así la medicina está perdiendo su razón de ser Esta situación ha llevado a que la medicina vaya perdiendo su razón de ser, es decir, su sentido humanitario, al convertirse en una mercancía más del mercado global. A esta aseveración algunas empresas señalan que sus altos precios se deben a que gastan arriba de 30 mil millones de dólares anuales en investigación y desarrollo; sin embargo, indagaciones periodísticas hechas en Estados Unidos desmienten el argumento. En 2002 se demostró que más de la mitad de esa cifra corresponde a gastos de administración, comercialización y publicidad. Además, aseguran, el gasto en investigación y desarrollo no significa que las empresas estén investigando y desarrollando innovaciones; significa regalías para la investigación y desarrollo de universidades y laboratorios financiados con impuestos. Más aún: las patentes deberían concederse a fármacos innovadores que mejoren la salud de manera obvia en comparación con los fármacos anteriores; empero, se han estado dando a meras variantes, nuevas aplicaciones, nuevas dosis y hasta presentaciones glamorosas de medicamentos conocidos. Sólo modificando las leyes... Ante esta situación de medicamentos con precios estratosféricos para enfermedades que amenazan con salirse de control —como el VIH, la malaria, la tuberculosis, el asma, el cáncer, etc. —, varios países han empezado a modificar sus leyes que tienen que ver con las patentes, de tal manera que se pueda suministrar a sus numerosos enfermos medicamentos genéricos y no los de marca. Brasil y Tailandia son dos naciones que han dado pasos en esa dirección, siguiendo el ejemplo de la India, quien, dicho sea con énfasis, está envuelta en un intenso litigio con una poderosa empresa farmacéutica que no está dispuesta a perder «su negocio», así tenga que condenar a muerte a miles de pacientes que no pueden pagar sus necesarios y costosos productos. Pero eso no es todo: a los emporios farmacéuticos transnacionales los pobres no interesan, porque no tienen poder adquisitivo, y como no compran, los laboratorios tampoco investigan sus enfermedades. Sólo 21 de las 1556 nuevas sustancias comercializadas entre 1975 y 2004 estaban dirigidas al tratamiento de enfermedades exclusivas de los países pobres, como el paludismo. Hoy en día, el 15% más rico de la población del planeta consume por encima del 90% de los medicamentos. Mientras los laboratorios se han abocado a investigar remedios contra la obesidad o la celulitis, los marginados tendrán que seguir esperando los paliativos para las enfermedades propias de la pobreza. En este sentido el papa Benedicto XVI ha sido tajante: «es necesario poner a disposición [de los países pobres] tecnologías médicas y farmacéuticas, así como conocimientos derivados de la experiencia en el campo de la salud, sin pretender a cambio exigencias jurídicas o económicas». |