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El mito de la Ciencia Imprimir
Escrito por Carlos Díaz   
Domingo 17 de Febrero 2008

CULTURA

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En estos momentos es cuando de verdad pienso que la sabiduría se ha vuelto loca, y la locura ha pasado a jugar el papel de la magia.

Por Carlos Díaz

Eduardo Punset (en su libro Cara a cara con la vida, la mente y el universo. Conversaciones con los grandes científicos de nuestro tiempo) entrevista a cincuenta y dos reputadísimos científicos, entre los cuales no faltan Premios Nobel. Busquen ustedes en este libro de casi quinientas páginas algo relativo a Dios: no lo encontrarán, o mejor dicho, lo encontrarán una y única vez cuando Daniel Dennett, uno de los pioneros en proponer un modelo computacional de la mente y director del Centro para los Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts, en Estados Unidos, se limita a responder entre displicente y escéptico: «Si Dios existe se manifiesta muy poco».

Los primeros griegos, Platón incluido, denominaban eidon al límite, a lo infranqueable, a lo que de suyo es lo que es. Incluso Kant, en el siglo XVIII, sentía veneración al contemplar el orden y el majestuoso rigor del universo. Pero ahora se prefiere el desconcierto. En estos momentos es cuando de verdad pienso que la sabiduría se ha vuelto loca, y la locura ha pasado a jugar el papel de la magia. Lo que realmente asombra en los científicos de hoy, especializados en especializarse, es su carencia de rigor metafísico junto a su reduccionismo biologicista: «Las percepciones son alucinaciones controladas» (Richard Gregory); «vemos solamente lo que nos interesa ver para sobrevivir» (Eugene Chudnovsky); «descifro el secreto de la vida a través de una roca inerte» (Ken Nealson); «desde la amígdala y el hipocampo se gestionan todas las emociones» (Joseph Ledoux); «no estamos programados para morir» (Tom Kirkwood); «la frontera entre materia viva y materia muerta será cada vez más difusa» (Heinrich Rohrer)... Si no fuera por el respeto que nos merecen los científicos humildes, uno se vería tentando a gritar con Manuel Vicent: ¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!  

Y así de disparatada anda la cosa: «En un sentido muy real nosotros tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra mente que siente, y estas dos formas fundamentales de conocimiento interactúan para construir nuestra vida mental» (Goleman, D., Inteligencia emocional. Ed. Kairós). Estupideces tales se venden bien. Desde ahí puedo entender otra estupidez: que la vida es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes sienten: «No hay término medio: Lo cierto no es claro, lo claro no es cierto» (Luis Rosales). A esto hay que añadir la disemia (dis-semes), incapacidad para captar los mensajes no verbales. Al final, todos andamos en canciones de las que nadie sabe quién es el autor.

Tampoco se puede afirmar eso de que pienso primero y existo después, o que el existir depende del pensar, pues el ser sigue al pensar. No. No se puede decir «pienso, luego existo». ¿Será entonces lo correcto retorcer el argumento obligándole a cantar «existo, luego pienso»?  Tal parece quererlo Antonio Damasio, jefe de neurología en la Universidad de Iowa, Estados Unidos: «A decir verdad, me gusta Descartes, es un gran pensador, pero creo que la forma en que se ha interpretado su formulación ha tenido una influencia negativa en nuestra forma de pensar. Parece que sólo importa pensar, la razón, y que lo que subyace a ella, la emoción y el ser, son menos importantes, cuando en realidad forman un todo. Lo mejor que podemos decir es que ‘somos’, que la vida reside en nuestro organismo y que tenemos emociones y sentimientos, y que todo esto tiene una gran influencia en la imaginación, el proceso de pensamiento y de razonamiento. Por tanto, en definitiva, las mayores conquistas de nuestro organismo —la razón, por supuesto, y la creatividad— no están separadas... Todo está  mezclado y es una mezcla en forma de rizo» (Existo, luego pienso, pp. 193-194).

Es muy cómodo pensar que podemos controlarlo todo conscientemente, pero al cerebro también le resulta fácil actuar inconscientemente. Si no fuera así, estaríamos tan ocupados calculando cada uno de nuestros pasos o cada respiración, que no seríamos capaces de hacer nada importante.

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