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DILEMAS ÉTICOS 
«Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio, porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios».
Por Sergio Ibarra «Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio, porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios». Así decía, el pasado 30 de diciembre, el papa Benedicto XVI en la celebración de la Sagrada Familia que tuvo lugar en la madrileña Plaza de Colón. Y uno se pregunta: ¿Por qué vale la pena? ¿Por qué el papa Benedicto XVI insistió en este tema en sus homilías y mensajes del reciente fin de año? La razón es simple: sin el matrimonio y la familia, ¿a qué vida puede aspirar la raza humana? ¿Habría posibilidades de una vida humana digna? ¿El ser humano puede realizarse solo? ¿Así, en ese estado de soledad, es como encuentra la libertad? ¿Acaso el que sufre el más radical de los desamparos puede aspirar a ser? ¿Es verdad que independencia sea sinónimo de libertad? Basta con revisar la experiencia más elemental para confirmar que la libertad compromete al hombre, que el ejercerla con seriedad implica la toma de decisiones por aquello que uno ha buscado o querido en un momento dado en la vida. Una de las decisiones vitales en la vida es, justamente, formar una familia. Con todas y cada una de las implicaciones positivas y negativas que pueda ello tener. La raza humana podrá tener todas las cualidades habidas y por haber, y conocer todos los secretos del saber, que si le falta la familia, en su auténtica verdad, el hombre no puede vivir como tal. Hasta el deseo infinito de su corazón queda sumido en la frustración más absoluta; su ansia de libertad, la necesidad de ser redimido de los límites que le acechan a cada instante, hasta ese decisivo momento de la muerte no se cumple. La llegada de la modernidad, con el desarrollo de las artes y las ciencias, llevó a muchos a poner toda su esperanza en la fe en el progreso, hasta el punto de «considerar que el hombre sería redimido por medio de la ciencia», como recuerda Benedicto XVI en su reciente encíclica Spe salvi. Bien es cierto que «la ciencia puede contribuir mucho a la humanización del mundo y de la Humanidad», y así hemos podido comprobarlo, pero también «hemos sido testigos de cómo el progreso, en manos equivocadas, puede convertirse, y se ha convertido de hecho, en un progreso terrible en el mal». La conclusión no puede ser más evidente: «No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor». ¿Y cómo llega al hombre el amor? ¿Cómo es que puede vivir con amor? ¿Cómo es que puede amar y ser amado? Solamente en la familia. El papa Benedicto XVI retoma este valor esencial de la raza humana. Es un mensaje que nos vuelve a recordar y a poner en la conciencia que cuidar de la familia no es un asunto de una fiesta de fin de año, o de las vacaciones: es y debe ser una constante vital. Son muchas las amenazas a las que la familia hoy está expuesta. El individualismo, la vida desechable, el materialismo, la superficialidad, el anarquismo mal entendido, entre otras cosas, han engendrado leyes y patrones de conducta social que atentan abiertamente contra la familia. No es necesaria una escena teatral desgarradora. Simples cuestionamientos. ¿Cuánto tiempo real diario dedicamos a la familia? ¿Cuántas veces abrazamos a nuestra pareja o a nuestros hijos a la semana? ¿Cuántas veces en el mes les hablamos con el corazón? ¿Qué tipo de conversación sostenemos con ellos y con los hermanos o con los primos? ¿Qué tanto nos vamos alejando de ellos hasta volvernos extraños? La familia es lo más generoso que pueda llegar a la vida del ser humano, pero hay que ganarlo, hay que conquistarlo y hay que cuidarlo; quizás, solo quizás, le daremos vida a los que nos rodean. |