|
FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
Para él los institutos religiosos son aquel monasterio, y el monasterio está personificado en aquel anciano discreto y bondadoso.
Por el padre Justo López Melús Balmes, en El criterio, nos describe a un poeta viajero, descreído, que atravesando una agreste soledad se encuentra de repente con un monasterio. Llama a la puerta y lo recibe un venerable anciano, de semblante sereno, de trato afable y cortés. El anciano monje le obsequia con afectuosa cordialidad, le acompaña por el monasterio, se muestra tolerante con las opiniones del recién llegado, y no se separa de él sino cuando suena la hora del cumplimiento de sus deberes. El viajero se muestra conmovido. El silencio y los objetos religiosos le inspiran respeto y piedad. La bondad del anciano cenobita le ha impresionado. Cuando luego describa las vivencias de su viaje tratará a los institutos religiosos con aprecio y benevolencia. Para él los institutos religiosos son aquel monasterio, y el monasterio está personificado en aquel anciano discreto y bondadoso. Pero, ¡ay de aquel monasterio y de todos los institutos monásticos si el viajero hubiera sido recibido por un monje de mal talante, seco y desabrido, sin gusto y de mal humor! La descripción posterior del poeta viajero sería penosa. Los monasterios no serían otra cosa que escuela de modales ásperos y groseros, cobijo de tunantes y perezosos, como aquel monje desagradable. Y todo era igual, menos la acogida. ¡Qué responsabilidad la del portero! Quiero anotar aquí un recuerdo personal. Visité hace unos años el santuario de Santo Toribio de Liébana. Era Año Santo Lebaniego. Nos mostró la iglesia un padre franciscano. ¡Qué unción religiosa había en sus palabras, qué gestos tan delicados, qué voz tan convincente, que fe tan profunda! ¡Un recuerdo imborrable! ¡Qué distinta, en cambio, la visita a otro monasterio! Pero éste no lo quiero nombrar. |