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¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE? «Se debió a la fe y la fortaleza de un sacerdote encerrado conmigo, acusados de terrorismo» 
Entrevista al padre Diego Cabrera Rojas, sacerdote de Lima, Perú; director regional de los Padres de San Columbano
Por María Velázquez Dorantes ¿Cómo es su vida antes ser sacerdote y cómo es después de que ya es sacerdote? Mi madre murió siendo muy niño y mi tía Aurora me trajo a Lima desde las lejanas tierras de Camporredondo en el Departamento de Amazonas al Noreste del Perú. Como no pudo mantenerme me puso en un orfanato llamado Puericultorio Pérez Aranibar, en el Distrito de Magdalena del Mar en Lima. Allí estudié la primaria y la secundaria y aprendí a vivir una fe simple gracias al trabajo y testimonio de vida de los clérigos de San Viator. A los 14 años pensé que Dios me había olvidado y abandonado por lo que decidí abandonarlo también. Y me hice ateo. Estuve así por ocho años hasta que regresé a casa, gracias al trabajo de los jóvenes de la parroquia del barrio popular donde alquilaba un cuarto. Mi vida de fe renació y aprendí a quererla poco a poco. Luego de tres años en la parroquia decidí postular a la Sociedad Misionera de San Columbano, de origen irlandés. Me aceptaron y comencé mis estudios de filosofía y teología en el Instituto Superior de Estudios Teológicos (ISET) Juan XXIII. Luego de una experiencia misionera de dos años en las Islas Fiji, en Ocea-nía, regresé a Lima donde fui ordenado presbítero misionero de San Columbano. ¿Cuál fue la experiencia que lo hace ser sacerdote? Mi conversión se debió a la fe, el cariño y la fortaleza de un sacerdote de los Canónicos Regulares de la Inmaculada Concepción, de origen francés, que había sido detenido por defender los bosques en San Ignacio, Cajamarca, y que compartía la sala donde estábamos detenidos entre 40 a 70 personas acusadas de terrorismo. Eran los peores años de la represión militar en el Perú. Al ser liberado me acerqué a la confesión en un templo del centro de Lima y continué con mi vida pero más fortalecido. Los jóvenes de mi barrio, con su cariño, cercanía y vida sencilla, me devolvieron la certeza de que Dios nunca me había abandonado, aun cuando yo creí haberlo abandonado a Él. ¿Existe una diferencia entre el sacerdote y el músico que hay dentro de usted? Más que diferencia, siento que hay mucha complementariedad. El uno se apoya en el otro y me ayuda a caminar siendo fiel y alegre en ambos ministerios. ¿Cuál es la fuente de inspiración para componer letras musicales? Mi fuente de inspiración para componer son los sucesos diarios, las cosas simples que me tocan vivir cada día, la resistencia a las injusticias y la tremenda fe y cariño de mi pueblo y de todos los pueblos y comunidades cristianas donde me ha tocado vivir. Eso me ha permitido terminar nueve discos personales y tres con mi anterior grupo «Pachamérica»; a pesar de no tener ni los medios ni el apoyo, Dios ha encontrado la forma de ayudarme a terminar lo que es para Él y que ha puesto en mi corazón gratuitamente. ¿Cómo ha sido su experiencia misionera? Mi experiencia misionera ha sido muy rica. He vivido y trabajado en las Islas Fiji por ocho años y la fe de la gente me ha ayudado a convertirme y fortalecerme día a día. El cariño del Dios de la Vida ha estado siempre presente en las personas que Él me ha puesto en mi camino. Lo mismo me ha pasado en las zonas rurales de Chile, donde tengo muchos amigos y amigas, o en la India, a donde fui para aprender ese idioma. ¿Cuáles son los momentos que más rescata de su vida como misionero? El aliento y el apoyo que he recibido en mis momentos difíciles han sostenido mi vocación. Dios habla y actúa a través de la gente que lo ve, lo goza y lo sufre cada día. El esfuerzo que hacen para vivir su fe en situaciones difíciles realmente me cuestionan pero a la vez me dan el ejemplo que necesito para seguir siendo fiel en mi vida y en mi ministerio. ¿Cuál podría ser la batalla más difícil que ha enfrentado el padre Diego? Muchas veces las dificultades en el aprendizaje de los idiomas, las enfermedades, me han desanimado y he querido tirar la toalla. Las injusticias sociales han hecho que me pregunte si aún tiene valor lo que hago, pero Dios me vuelve a hablar en las personas que las sufren y recupero mis ánimos. La indolencia de las clases más pudientes y ricas desanima, pero la solidaridad de los pueblos donde vivo y trabajo borra rápidamente el malestar y me hace caminar más cerca de ellos y ellas. |