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ENSAYOS CRISTIANOS 
Suele decirse que la caridad empieza por casa; habría que decir, más bien, que la caridad empieza por la vista. Ver es una de las formas del amor.El que corre, deja atrás muchas cosas. Correr es no ver, correr es concentrarse sólo en la carrera.
Por el padre Juan Jesús Priego Hace muchos, muchos años —cuando yo era niño y estaba en la primaria—, la maestra nos explicó un día en clase que los hombres éramos como casas, pues teníamos cinco puertas o ventanas a través de las cuales podíamos entrar en contacto con el mundo de afuera. Estas cinco puertas o ventanas eran nuestros sentidos, es decir, la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato. «Imagínense ustedes, queridos niños, una casa sin puertas ni ventanas —nos dijo la maestra aquella vez—. ¿No sería demasiado triste? Nadie podría entrar a ella, pero nadie podría tampoco salir para ver el sol, las nubes o el rojo del crepúsculo. Más que una casa sería una prisión, y, por cierto, la más terrible de todas las prisiones. El que allí viviera se moriría de aburrimiento, pues no podría ver a los demás, ni tocarlos, ni darles un abrazo, ni escucharlos cuando éstos les hablaran. Traten ustedes de imaginárselo, por favor». Tal vez fueron aquellos ejercicios de imaginación los que me hicieron aborrecer, más tarde, cierto tipo de sermones que gustaban hablar constantemente del «engaño de los sentidos». ¡El engaño de los sentidos! ¡Como si se pudiera vivir sin ellos, como si se pudiera prescindir de sus servicios! ¿Qué tienen de malo los sentidos, si son, precisamente, los que nos hacen salir, los que nos ponen en contacto con la realidad, con los demás? La diferencia entre el buen samaritano, el sacerdote y el levita está, sobre todo, en la mirada, en su capacidad de ver al herido de la carretera. Aquél vio y se detuvo, mientras que éstos no vieron absolutamente nada (o por lo menos hicieron como si nada hubieran visto). Suele decirse que la caridad empieza por casa; habría que decir, más bien, que la caridad empieza por la vista. Ver es una de las formas del amor. Si no ha caminado usted nunca por las calles de una ciudad lejana, en la que no conoce a nadie, lo invito a que lo haga. Comprenderá entonces lo que se agradece un simple —y fugaz— encuentro de los ojos: el que no existía porque era como un fantasma comienza entonces a tomar cuerpo, peso, consistencia; empieza a existir, a emerger de la nada a la que lo habían reducido esos millones de ojos que no lo miraban. Mirar a un ser es rescatarlo del olvido. Sin embargo, como constata Paul Virilio, reconocido pensador francés, asistimos hoy a lo que él llama «la muerte de la mirada», es decir, a la ignorancia voluntaria de cuanto nos rodea para no tocarlo ni siquiera con los ojos. Hoy se camina de prisa y los gestos de desatención se multiplican por doquier. Los ojos, más que en el cielo, en las nubes o en los demás, se posan en el propio reloj, en los cartelones publicitarios que inundan la ciudad, o en el espejo retrovisor para cerciorarnos del estado general de nuestro pelo. Los otros, puesto que no son mirados, es como si no existieran; o mejor aún: dan la impresión de que no existen porque nunca son mirados. En la actualidad, la única vida de la que es testigo el ciudadano global es la que ve vivir en la televisión. Le ha sucedido lo que los moscos, que en su irresistible atracción por la luz, no pueden ya revolotear en torno a otra cosa que no sea una pantalla luminosa. Sus contactos, como sus amores, son más virtuales que reales. La antigua máxima aristotélica según la cual nada existe en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos ha sido cambiada por esta otra: nada existe en la inteligencia que no haya pasado antes por los medios de comunicación. Los sentidos, gracias a los cuales nos comunicábamos con el exterior, han sido tapiados uno a uno en sucesión lenta pero inexorable, con el resultado de que nos vamos pareciendo cada vez más a esas mónadas de las que hablaba Leibniz en uno de sus tratados filosóficos: entes sin puertas ni ventanas que languidecen en el más penoso aislamiento (en esa soledad que imaginábamos en el salón y aterrorizaba nuestra infancia). No obstante, ya Ray Bradbury había presentido esto cuando escribió Fahrenheit 451, su famosa novela, en la lejanísima década de los años sesenta. La prisa tiene un precio, y es, precisamente, el de la muerte de la mirada. «A veces pienso que los conductores no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento... Apuesto que sé algo más que usted desconoce. Por las mañanas la hierba está cubierta de rocío». Montag —el incinerador de libros— no sabe si lo que le dice esa muchacha encontrada al acaso en una de las calles de la ciudad es verdad o no. ¿De veras la hierba se cubre de rocío por la mañana? No lo sabía. ¡Hace tanto tiempo que no se detiene a ver la hierba! ¡Hace tanto que ya no vive! Imagínense ustedes una casa sin puertas ni ventanas. ¿No sería demasiado triste? El que allí viviera, se moriría de aburrimiento, pues no podría ver a los demás, ni tocarlos, ni darles un abrazo, ni escucharlos cuando les hablaran. Sí, sería demasiado triste. La tristeza de la soledad. El que corre deja atrás muchas cosas. Correr es no ver, correr es concentrarse sólo en la carrera. Es estar profundamente solos, vivir profundamente tristes. Como casas sin puertas ni ventanas. Como nosotros hoy, en la era de la prisa. |