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Escrito por Padre Umberto M. Marsich, s.x.   
Domingo 10 de Febrero 2008

ESTUDIO

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GUÍA PARA LA LECTURA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA (6 de 18)
...asumir acciones transformadoras...

Por el Padre Umberto M. Marsich, s.x.

4. Con los medios de la espiritualidad-oración y la acción transformadora (Esquema 2.2).

Vivir el discipulado con autenticidad y aceptar la misión de Jesús no es cosa fácil y, por lo tanto, habrá que prepararse y formarse. Los lugares más significativos para la formación de los discípulos de Jesús y de los misioneros del Reino siguen siendo la familia, la parroquia, las pequeñas comunidades de base y los movimientos eclesiales, mientras los medios para permanecer fieles al seguimiento de Jesús y seguir siendo constructores activos de su Reino serán la oración-contemplación y la acción servicial y social, generosa y total. Exactamente como nos enseñan María y Marta, las hermanas de Lázaro, el amigo de Jesús.

La capacidad contemplativa y de escucha orante de María, o sea la espiritualidad, que el documento señala como Trinitaria y de comunión (Ver el itinerario de formación de los discípulos misioneros en DA, cap.6) y  la acción social de servicio de Marta, plasman significativamente estas dos dimensiones, necesarias y complementarias, de todo discípulo misionero de Jesús. La acción tiene que ser transformadora de la realidad humana cuando es indigna (Mt. 25, 40), o sea, contraria a la dignidad misma de la persona, optando preferentemente por los pobres (Lc. 14, 13). La pastoral eclesial y parroquial, desde luego, no podrá prescindir nunca de estas dos dimensiones de la vida cristiana y verdaderos medios para la realización del seguimiento misionero de Jesús.

Para la Iglesia, reconocer el documento de Aparecida, el servicio de la caridad, igual que el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos, es expresión irrenunciable de su propia esencia (413). Para este efecto urge impulsar, en nuestros planes pastorales, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, el Evangelio de la vida y de la solidaridad (DA 414), o sea, la acción social. Esto exige, desde luego, cambio personal de actitudes y hábitos, y solicita una renovada pastoral social mejor estructurada, más orgánica e integral de nuestras iglesias en favor de la promoción humana, de la justicia y del bien común.

«Ser discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos, en Él, tengan vida –afirma el documento- lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de todo ser humano» (398).  Dentro de las tareas prioritarias se señalan tanto las obras de caridad inmediatas como la colaboración con otros organismos e instituciones para organizar estructuras más justas en los órdenes nacionales e internacionales. Estructuras que consoliden un orden social, económico y político, en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades de superación para todos (398).

Los rostros sufrientes que nos entornan y que son, aún hoy, muy numerosos, esperan acciones de solidaridad concreta de parte nuestra. También la defensa y tutela de la familia, de la persona de los niños, mujeres, adultos mayores, juntamente al ambiente, harán parte de nuestros proyectos prioritarios de acción social y de nuestra tarea cristiana de discípulos del Señor.

Conclusión.

Aparecida parece ser, por la preocupación pastoral y creatividad de su documento, un acontecimiento de mucha mayor trascendencia que Santo Domingo; sin embargo, su eficacia histórica y repercusión social está depositada en el corazón y en las manos de todos y cada uno de los creyentes latinoamericanos. El análisis de la realidad que se hace en el DA será intrascendente si no le agregamos la denuncia profética de pecaminosidad de ciertas estructuras y de egoísmo de sus autores.

A la jerarquía eclesial y a los laicos, hoy más que nunca, se les pide más compromiso y más acción social para el cambio de aquellas realidades que impiden la realización del proyecto del Reino de Jesús en el hoy y el aquí de nuestra historia latinoamericana.

El enfoque general del documento, construido sobre la vocación bautismal al discipulado misionero de todos los creyentes, abre caminos de vivencias evangélicas auténticas y comprometidas; despierta a aquellos sectores de cristianos conservadores que han convertido la religión en una experiencia de intimidad espiritual, cerrada a todo cuestionamiento y, sobre todo, sin proyección social. El Reino de Dios se construye en la historia, aun cuando sabemos que su plenitud no se dará en el tiempo.

Los rostros de Cristo sufriente se multiplican siempre más frente a nosotros y nos piden alivio, ayuda y atención. No podemos seguir traicionando impunemente el mandato evangélico del amor al prójimo, eficazmente plasmado en la parábola del buen samaritano. Debemos ser discípulos atentos y apasionados de Jesús hasta las últimas consecuencias. Diversamente, también Aparecida será una frustración más. Justamente los obispos, en la conclusión del documento, nos suplican asumir acciones transformadoras y no quedarnos con los brazos cruzados: «No podemos quedarnos tranquilos –afirma el documento- en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro continente» (DA 548). 

Hermosa es la invitación y convocatoria final de Aparecida para que todos participemos en la gran misión continental permanente, llevando «nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas» (5519).


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