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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 10 de Febrero 2008

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La popularidad que han tomado las historias terminales, los diarios póstumos, las narraciones de las últimas horas, han provocado una oleada de suicidios entre jóvenes que mueve al horror y a la tristeza.

Por Jaime Septién

La popularidad que han tomado las historias terminales, los diarios póstumos, las narraciones de las últimas horas —como lo han sido las de los asesinos en serie que han asolado universidades norteamericanas—, han provocado una oleada de suicidios entre jóvenes lo mismo de Inglaterra que de Japón, de Italia que de Canadá, que mueve al horror y a la tristeza.

Todo suicidio de un joven denota la corrupción profunda del sentido de la vida, la inanidad ante la avalancha de los hechos, la sorpresa y el hartazgo de no poder ni siquiera comprender lo que es el valor fundamental de la vida propia. La sociedad —entre una de sus múltiples funciones— debe proveer al individuo de expectativas de vida, horizontes de desarrollo humano, personal y grupal. Debe darle las herramientas básicas de la virtud, del respeto a la propia dignidad, a la dignidad del otro, al derecho que nos asiste a cada quien de ser felices.

Sin embargo, al alejarse el Estado de cualquier tipo de consideración digámoslo «espiritual», por el laicismo depredador, ha dejado a los jóvenes huérfanos de ideales. Por lo tanto, los ha dejado a las puertas de la emulación de los famosos «15 minutos de fama» que algunos han alcanzado publicando fotos, testimonios, confesiones, amenazas y uno que otro aviso del Apocalipsis, en la red global, antes de cometer el asesinato en el colegio o antes de pegarse un tiro y acabar con su existencia.

Cuando falta motivo para vivir, cuando lo que existe es lo que pasa por los medios y no lo que pasa en la realidad; cuando la vida exterior se convierte en reducto privilegiado de la vida personal y cuando el espectáculo condensa la única salida para «ser libres», el suicidio anunciado, multicitado, propuesto a millones de ojos anónimos a lo largo del planeta, le da al joven internauta un brillante pretexto para volarse la tapa de los sesos y pasar a formar parte de los «bonzos» modernos, cuyas llamas efímeras apenas si iluminan la ración de violencia que necesitan cada vez más personas en la Tierra.

Provoca una profunda desazón enterarse que cuatro chiquillos en Inglaterra se fueron al otro mundo —la semana antepasada—anunciándolo por internet. En sus mensajes se advertía esa necesidad pavorosa de reconocimiento que ha introducido, como elemento nuevo, la «videocracia». Han salido en internet, han sido parte de la sección de sucesos del noticiario, han desparecido sin dejar huella, a la mañana siguiente, cuando el telediario y YouTube anunciaron otra nueva herida al corazón del hombre.


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