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PÓRTICO 
Este tiempo «fuerte» de la Iglesia nos invita «a profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos», al tiempo que nos debería a empujar «a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos».
Por Jaime Septién El mensaje del papa Benedicto XVI para la Cuaresma 2008 es muy claro: este tiempo «fuerte» de la Iglesia nos invita «a profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos», al tiempo que nos debería a empujar «a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos». Tres compromisos propone la Iglesia durante la Cuaresma: oración, ayuno y limosna. El Papa penetra, con una lucidez al mismo tiempo sorprendente y moderna, en el tema de la limosna, de los bienes materiales y de la donación de lo que nos sobra que impone el Evangelio de Jesucristo. Para el Pontífice, la limosna es una práctica que nos libera de dos tentaciones brutales: idolatrar el dinero y olvidarnos de la debilidad de los más necesitados. Hay quien se cree que «no le debe nada a nadie» y que todo lo que tiene se lo ha ganado con su trabajo. ¿Todo? ¿La vida misma, el don más precioso, también «se lo ganó»? Por el otro lado, he escuchado decir que dar limosna lo único que genera son «personas inútiles». Dos tonterías modernas, avaladas por la seudo cultura del liberalismo salvaje. Ante estas supersticiones posmodernas, el Papa reacciona como un pastor bueno: no condena, atrae a la verdad. Dice que socorrer al que menos tiene, en países cristianos como el nuestro, antes que ser por caridad es por justicia. A ellos les hemos quitado (para disfrute de nosotros) lo que les correspondía. Ahora nos toca devolverles lo suyo en secreto, sin alharaca, sin aspaviento, sin «pararnos el cuello». Dar a los demás sirve bien poco si se hace por la «gloria» personal y no por la gloria de Dios. Esas personas a las que parece que el regalo se nos pega a los dedos y que vamos más tarde a cacarearlo como si hubiéramos dado el mar y sus pescaditos, no servimos para Jesús, entristecemos el orbe cristiano. Limosna y conversión van de la mano, dice el Papa. Conversión del corazón, acercamiento a Dios y no contabilidad de las monedas que se tiran al plato del miserable. Que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha y que la derecha tampoco sepa lo que ella misma hace (San José Benito Cottolengo, citado por BXVI). «La limosna educa a la generosidad del amor»: la única generosidad que sirve, la única educación que salva en esta «batalla espiritual» en la que consiste el camino del cristiano hacia la luz. |