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TEMAS DE HOY 
Esta artificialización, además de sumir al campo en una dependencia desventajosa con las productoras, rompe la convivencia del ser humano con la naturaleza.
Fray Gilberto Hernández García, OFM Algunos campesinos me han contando la delicadeza y el amor con que sus antepasados, luego de la cosecha, «escogían» las mejores semillas para continuar la producción. Cuidaban de esa simiente y, a pesar de que pudiera escasear la semilla para el alimento, esa escogida no se tocaba porque de ella dependía el ciclo siguiente. Las llamadas «simientes criollas» han sido guardadas, reproducidas y mejoradas milenariamente por los campesinos de todo el mundo. Han garantizado a toda la humanidad la diversidad étnicoambiental que heredamos. Pero esta presencia milenaria de las semillas criollas está siendo interrumpida poco a poco, debido a la voracidad de las empresas productoras de semillas, casi todas ellas transnacionales. Estas empresas han venido desplazando las simientes tradicionales con una inundación de semillas híbridas y, más recientemente, con semillas transgénicas. Mientras las simientes criollas son patrimonio de la humanidad, las nuevas semillas han sido creadas y son propiedad privada. A diferencia de las semillas criollas que se siembran y reproducen año con año, las híbridas van perdiendo su vigor año con año, de tal manera que si el campesino quiere volver a sembrar tendrá que adquirir nuevas semillas y ya no podrá utilizar las que sus propias cosechas le proveían. Por su parte las transgénicas, al ser marca registrada, tienen una licencia que el campesino debe pagar para poder usarlas, de tal manera que si se le vence el tiempo de «contrato de uso» y sigue sembrando, puede ser acusado de «piratería» y ser llevado a juicio. Lo peor del caso es que las empresas multinacionales de granos, para defender su patrimonio, han creado una variedad transgénica llamada terminator. Esta tecnología crea mecanismos genéticos que impiden que la simiente se reproduzca después de la primera cosecha: son las denominadas «semillas suicidas». Otra estrategia es la puesta en circulación de semillas que solamente pueden desarrollarse en presencia de un fertilizante patentado por la misma productora de las simientes. Esta artificialización, además de sumir al campo en una dependencia desventajosa con las productoras, rompe la convivencia del ser humano con la naturaleza, eliminando abruptamente la mediación simbólica que las semillas criollas han proporcionado entre las personas y pueblos; dejan de ser herencia social y se convierten en objetos de control y explotación. La información sobre estos asuntos y la presión a los organismos públicos para que salvaguarden el patrimonio de las semillas criollas pueden ser acciones a tomar por parte de los que no somos campesinos, y que, sin embargo, nos beneficiamos de su trabajo. |