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V aniversario de la muerte del genial «Padre Tocino», PDF Imprimir Correo
Escrito por Javier Menéndez Ros   
Domingo 03 de Febrero 2008

INTERNACIONAL

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Quinto aniversario de la muerte del genial «Padre Tocino», fundador de «Ayuda a la Iglesia Necesitada»

Por Javier Menéndez Ros, director en España de «Ayuda a la Iglesia Necesitada»

A veces pensamos en la fe como una especie de halo espiritual que inunda al ser humano llenándole de certidumbres morales y dando claridad a complicados misterios teológicos o filosóficos. Pero la fe auténtica es simplemente lanzarse a los brazos de Dios y dejarse abrazar por un Padre que nos ama de una manera que ni podemos imaginar. La fe es confiar en Dios a tumba abierta, y entonces, necesariamente, se hará visible, y no sólo donde huele a incienso, sino también donde huele a tocino y patatas.

Un hombre dotado de esa fe ciega, pero a la vez enormemente lúcida, fue el padre Werenfried van Straten, sacerdote holandés que fundó hace 61 años «Ayuda a la Iglesia necesitada» y cuyo 5º aniversario de su fallecimiento se cumple el 31 de enero. El padre Werenfried, conocido popularmente como «Padre Tocino», asumió con su vida que la fe sólo puede sobrevivir si se pone en lo alto para que ilumine, si se hace visible en las iglesias, pero también en las calles, en los hospitales, en las escuelas y allí donde el hombre tiene hambre y sed de Dios. El decía: «No me gusta predicar a estómagos vacíos», y por eso comenzó su magnífica obra recolectando lonchas de tocino entre belgas y holandeses para dar de comer a miles de refugiados alemanes en 1947.

Construyendo la verdadera Iglesia

Una vez que tuvieron alimento material, les lanzó el alimento espiritual: camiones y barcos capilla, sacerdotes con una simple mochila que recorrían Europa del Este demostrando a muchos que Dios no les había abandonado, encendiendo una luz de esperanza en el corazón de los desesperados. Hoy en día, su obra ha ayudado a miles y miles de personas en más de 130 países de todos los continentes. Centrada en proyectos pastorales y evangélicos, al «Padre Tocino» no se le escapaba la idea de que, ayudando a los sacerdotes, religiosas y laicos, se estaba ayudando a la labor integral que estas personas realizan, sin olvidar la consiguiente repercusión social. Él sabía bien que construyendo una iglesia estaba encendiendo la llama de la ilusión en los que nada esperaban; facilitando una bicicleta, un burro, una motocicleta o un coche a un misionero estaba contribuyendo a que esa luz se convirtiese en incendios de la más alta grandeza, esos incendios que quizás sólo ve Dios en lo profundo del corazón del hombre. Hoy en día, desde 17 oficinas en todo el mundo, con un auténtico ejército de miles de benefactores que nos muestran la fraternidad cristiana día a día, y con la mejor de las retaguardias posibles, formada por muchísimas religiosas de clausura y personas que se unen en la oración, somos capaces de hacer frente cada año a cerca de seis mil proyectos, demostrando a este siglo XXI que, aunque hay mucho egoísmo, también hay mucha caridad, que aunque hay mucho odio, el amor sabe romper todas las barreras convirtiendo en arena los muros de la intransigencia y la indiferencia, enseñando en definitiva que, como decía el «Padre Tocino»: «El hombre es mucho mejor de lo que pensamos»; porque, lo quiera o no, tiene en su interior semillas de eternidad.

¿De dónde venía su fuerza?

El cardenal Meisner, arzobispo de Colonia, nos hablaba muy recientemente de «la incredulidad de los creyentes», pues no acabamos de creer en la fuerza del grano de mostaza. Pero el Señor nos lo dice expresamente: aún el más pequeño de los granos de mostaza tiene el poder de convertirse en el mayor de los árboles. Los instrumentos de Dios son a menudo pobres y por ello despreciados. Casi nadie los conoce por su nombre, pero realizan obras importantes cuando tienen fe. El mundo no sabe cuál es y dónde reside nuestra verdadera fuerza.

Dejemos ya de lamentarnos por las desgracias del mundo y pongamos manos a la obra para aliviarlas y ayudar al hombre material y espiritualmente. Simplemente, seamos granos de mostaza, granos humildes pero que, convertidos en árboles, podemos ser bosques para que sea Dios quien actúe a través nuestro. Y así, nuestra fe se hará visible, se hará tocino y patatas para unos, mano amiga para otros, oración con el hermano, hombro para el desconsolado, y esperanza, siempre esperanza alegre, pues confiamos en «El que todo lo puede».

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