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DESDE EL CENTRO DE AMÉRICA 
Podrás pensar que mi vida ha sido fácil, pero aquí estoy, sin trabajo, a mis cincuenta años, luchando cada día por llevar el pan a la casa.
Por Claudio de Castro Podrás pensar que mi vida ha sido fácil, pero aquí estoy, sin trabajo, a mis cincuenta años, luchando cada día por llevar el pan a la casa. Anoche pensé en los porqués de la vida, y recordé las palabras de san Alberto Hurtado, sacerdote chileno: «¿Para qué está el hombre en este mundo? El hombre está en el mundo porque alguien lo amó: Dios. El hombre está en el mundo para amar y ser amado». He pasado largo rato en oración, en medio de la noche y el silencio. A medida que pasaba el tiempo me di cuenta de que, para ser verdaderamente feliz, debo aprender a confiar en las promesas de Dios: «No se inquieten entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el Cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6, 31-33). De pronto, súbitamente, comprendí que era verdad lo que decía santa Teresa: «Sólo Dios basta». No necesitas más. Me invadió una paz sobrenatural. Una alegría inmensa. ¿Será la presencia de Dios? Surgió una necesidad de amar y me di cuenta: «El sentido de la vida es el amor». Al amanecer dejé atrás la incertidumbre y el temor y empiezo de nuevo a caminar. Esta vez más seguro, más confiado, porque sé que no estamos solos. El hombre no está sólo. Dios lo acompaña. edicionesanab.trimilenio.net |