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Escrito por Padre Umberto M. Marsich, s.x.   
Domingo 03 de Febrero 2008

ESTUDIO

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GUÍA PARA LA LECTURA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA (5 de 18)
...dónde encontrar el rostro sufriente de Cristo...

Por el Padre Umberto M. Marsich, s.x.

Es en los pobres de la tierra donde, concretamente, podemos encontrar el rostro sufriente de Cristo (DA 407). Nuestro servicio a los pobres, para que sea efectivo, deberá encarnarse, por supuesto, en gestos visibles y en experiencias de solidaridad continua, más allá del mero nivel teórico-emotivo de indignación ética y según las indicaciones y directrices que encontramos también en la Doctrina Social de la Iglesia.

Iluminados por ella, todos, pero especialmente los laicos, deberán participar activamente en la construcción del Reino de Jesús, en un proyecto de pastoral orgánica donde, en comunión con la Iglesia, sean ellos los primeros y más comprometidos actores. Los laicos son hombres de la Iglesia en el corazón del mundo y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia. Puesto que su misión específica se realiza en el mundo, con su testimonio y su actividad, les corresponde contribuir significativamente a la transformación de las realidades y a la creación de estructuras justas, según los criterios del Evangelio (DA 226), optando cristianamente por las mediaciones partidistas que la política del país les ofrece.

El DA, en un tercer momento, nos señala el espíritu y el estilo que nos debe guiar en esta aventura del seguimiento de Jesús y en la misión de construir su Reino de vida plena para todos. Éste debe ser el amor: «ámense los unos a los otros como Yo los he amado» (Jn. 15, 12) y la generosidad sin límite del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37). La misión de los discípulos consiste en hacerse prójimo de los necesitados; en comunicar la vida nueva de Cristo a todos los pueblos y servirla para que sea plena también para los pobres y excluidos. Reiteramos que esta vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y tiende a desarrollar en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar, social y cultural (DA 369).

Buen samaritano, por cierto, es aquel que se hace prójimo de los demás, sobre todo de los pobres y desamparados. La Iglesia, comunidad de amor, las parroquias y los creyentes deben hacerse buenos samaritanos de los más necesitados de su tierra. La parroquia, de manera existencial y permanente, debe llegar a concretar en signos solidarios su compromiso social en los diversos medios en que ella se mueve, con toda la imaginación de la caridad; debe hacerse prójimo porque no puede ser ajena a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de su gente y que, con mucha frecuencia, son pobrezas escondidas. La opción preferencial por los pobres sigue teniendo actualidad y siendo prioritaria para la comunidad cristiana que, inclusive, puede encontrar en la celebración dominical de la Eucaristía un fuerte resorte de motivaciones, para vivencias concretas de comunión y de solidaridad efectiva, en favor de los grupos menos afortunados y más carentes de la parroquia misma. Para configurarse verdaderamente con el Maestro es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor, que Él quiso llamar suyo y nuevo: «Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado» (Jn 15, 12). En el seguimiento de Jesucristo aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino y el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor filial al Padre y su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida (DA 154). La evangelización, en efecto, no es completa sin promoción humana, sin atención a los pobres y sin lucha por la justicia.

La pasión por el Padre y por el Reino nos impulsará a anunciar la Buena Nueva a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a todos el año de gracia del Señor (cfr. Lc 4, 18-19).


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