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¿Por qué los santos de antes buscaban el dolor y la penitencia? PDF Imprimir Correo
Escrito por Walter Turnbull   
Domingo 03 de Febrero 2008

RESUELVE TUS DUDAS

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La combinación del amor de Dios con la existencia del dolor es ciertamente el misterio más desconcertante e intrigante de la vida humana.

Pregunta: Cuando uno recurre a libros religiosos antiguos en busca de ayuda, se topa con una especie de masoquismo de muchas personas buenas que exaltan el dolor y la penitencia como lo mejor que hay que vivir, así lo dijo el padre Pío y así se lee en santa Teresita y los niños de Fátima, y también en el libro de Kempis, cuya dureza parece rayar en la insensatez. De todos modos los dolores de ellos no parece que aceleraran la mejora del mundo pues siglos pasaron con mucha oscuridad... ¿Por qué la Iglesia antigua fue así?

Berta

Respuesta:  Estimada Berta, te tengo una noticia aparentemente mala: la Iglesia moderna sigue siendo así. Esa forma de pensar (esa doctrina) no ha cambiado, somos los hombres modernos los que hemos decidido negarnos a creerla.

La combinación del amor de Dios con la existencia del dolor es ciertamente el misterio más desconcertante e intrigante de la vida humana. Sólo Dios puede entender por qué dispuso que fuera así. Para nosotros los humanos es definitivamente inexplicable. Y también parece ser ineludible. Incluso Dios, para salvarnos, no optó por eliminar el dolor, sino por enfrentarlo Él mismo.

El genial C. S. Lewis, ahora famoso por Las Crónicas de Narnia, aventura que si Dios impidiera el mal, eso supondría anular la libertad humana, y que el dolor es la única forma que Dios tiene de indicarnos que algo anda mal y que se tiene que buscar algo mejor. La injusticia y el error pueden ser ignorados pero el dolor no. Dios nos grita por medio de nuestros dolores, y así el dolor puede ser la única oportunidad del malvado para corregirse.

El dolor y la muerte son consecuencia del pecado. El mundo está inundado de dolor porque está infestado de pecado. La humanidad tendría que estar condenada a la muerte como en los tiempos de Noé, pero Cristo «canceló la nota de cargo que había contra nosotros» (Col 2, 14); «por sus heridas hemos sido curados» (1 Pe 2, 24). El sufrimiento de Cristo, siendo una tragedia y un crimen de dimensiones cósmicas, se convierte en un instrumento de salvación. A partir de ese misterio, por la incorporación de los bautizados al cuerpo místico de Cristo, el sufrimiento de cualquier cristiano, si es ofrecido a Dios como sacrificio, se une al de Cristo y puede ser igualmente fuente de salvación. Cristo nos permite participar en sus sufrimientos para que podamos participar también en su Gloria. «Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él» (2 Tim 2, 11). «En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna», dice san Pablo (2 Co 4, 17).

En Lourdes, en Fátima, y en todos los otros lugares en que la Virgen se ha aparecido para urgirnos a la conversión, ha pedido insistentemente el arrepentimiento, la oración y la penitencia, incluyendo el ayuno.

Por eso todos los grandes santos han practicado el sacrificio, aun buscando deliberadamente el sufrimiento. Nos puede dar la impresión de que su sacrificio fue inútil, igual que sus oraciones, pero no sabemos cómo estaría el mundo si no lo hubieran hecho, y en cambio sí podemos constatar que en estos tiempos, en que nadie concibe siquiera la posibilidad de sufrir por la salvación y sólo se considera válido lo que es placentero, el mundo está cada vez más mal. 

En lugar de preguntar por qué la Iglesia fue así, haríamos bien (me incluyo) en preguntarnos si habrá algún sacrificio con que podamos colaborar para la salvación propia o ajena. La doctrina no marca una medida, sólo cada uno sabe cuánto puede aportar.

Walter Turnbull


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