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PÓRTICO  Nos reunimos en la plaza más bella del orbe con la única intención de mostrar nuestra adhesión y nuestro cariño a un Papa tan duramente golpeado por la sinrazón y el ateísmo autoritario que está conquistando los países del Occidente hoy.
Por Jaime Septién ROMA. El domingo pasado la plaza de San Pedro fue un espectáculo de color y de calor en torno a Benedicto XVI. Una multitud —calculada por los organizadores en 200 mil personas— nos reunimos en la plaza más bella del orbe con la única intención de mostrar nuestra adhesión y nuestro cariño a un Papa tan duramente golpeado por la sinrazón y el ateísmo autoritario que está conquistando los países del Occidente hoy. ¿Cuál fue el motivo de este encuentro especial? Rezar el Ángelus con el Santo Padre, pedir por la unidad de los cristianos y, desde luego, mostrar el «músculo», la fuerza, el entusiasmo de una cristiandad representada por los católicos de Roma, que no se va a dejar arrebatar impunemente los derechos que le asisten de participar en la vida pública de un país, cualquiera que éste sea y esté gobernado por quien esté gobernado. El día 17 de enero, por invitación del rector, el papa Benedicto iba a pronunciar un discurso de apertura del año académico en la universidad más populosa de Europa, «La Sapienza». Sin embargo, 67 profesores, la mayoría de ellos del departamento de Física, se opusieron a este acontecimiento, alegando que el Papa, entonces cardenal Ratzinger, había pronunciado un discurso en 1990 donde «atacaba» al físico del siglo XVII, Galileo. Eso bastó para cerrar la universidad e impedir que el resto de los profesores, unos 4 mil 500, y de los estudiantes, unos 100 mil, pudieran escuchar al Papa y recibirlo en su escuela. ¡67 hablaron por más de 100 mil seres humanos y les impusieron su criterio! Se trata, ni más ni menos, que de la dictadura de los ruidosos. Lo que pasa es que pensaron que,como siempre, nadie iba a decir nada. ¿No? El vicario del Papa para la diócesis de Roma, monseñor Camilo Ruini, convocó no a un acto de desagravio cuanto de cariño al Papa La respuesta fue inmediata, clara, contundente: el ministerio de Pedro sigue siendo el ministerio de la cabeza de la Iglesia. Y todo el mundo está feliz de tener un Papa con los tamaños intelectuales, afectivos y morales de Benedicto XVI, quien nos dejó una lección: ir y predicar el Evangelio, hacer de nuestra vida un testimonio de respeto y mesura por la dignidad y las opiniones de los otros. Una lección de amor —el verdadero «músculo» del que sigue a Cristo— en tiempos de odio, cólera, autoritarismo ateo e indiferencia. |