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VIGÍA 
El ataque a la Iglesia se ha fortalecido con la mentira, o con la ignorancia casi absoluta de lo que realmente aconteció en el tribunal.
Por Javier Algara La cancelación de la visita del Papa a la Universidad «La Sapienza» es un déjà vu de un vetusto sentimiento respecto a la Iglesia que Jerome Langford, en su libro Galileo, Science and the Church (University of Michigan Press, 1992) resume así: «Aún pueden encontrarse personas que utilizan el asunto de Galileo para argumentar en contra de la autoridad doctrinal del Papa, o para concluir que la Iglesia es una enemiga jurada del progreso humano y de la ciencia». Recordemos que los académicos disgustados con el proyecto de la visita papal a su universidad alegaron que años atrás el entonces cardenal Ratzinger había maltratado a Galileo en un discurso que pronunció allí mismo. Como suele ocurrir, dichos opositores ni siquiera se concedieron la oportunidad de ver si lo que afirmaban era cierto (que no lo era). Es más, fue precisamente Joseph Ratzinger quien más apoyó a Juan Pablo II en pedir la revisión del proceso a Galileo, y en reconocer que había habido errores en él. Una de las cosas que más me ha impresionado al leer al respecto es percatarme en qué forma tan infundada el juicio de Galileo se ha convertido en munición anticatólica. Antes de Galileo, ya Nicolás Copérnico había propuesto la teoría del heliocentrismo sin que la Iglesia lo llamara a juicio. Martín Lutero, sin embargo, ya fuera de la Iglesia por entonces, y Philippe Melanchton, su discípulo y lugarteniente, amenazaron: «no toleraremos semejantes fantasías». Mas nadie, que yo sepa, acusa a los protestantes de intolerancia y de oposición a la ciencia. El ataque a la Iglesia se ha fortalecido con la mentira, o con la ignorancia casi absoluta de lo que realmente aconteció en el tribunal. Las imágenes de un Galileo encadenado y obligado, en una inmunda sala de tormentos, a manos de un montón de monjes de rostros desencajados por el fanatismo, a afirmar que la Tierra es el centro del universo son ya parte de la imaginería popular y del acervo universitario de axiomas irrefutables utilizados al hablar de la relación fe y ciencia, cuando la verdad es que el científico de Pisa no sólo jamás estuvo en la cárcel, sino que durante el juicio se hospedó en una amplia casa con vista a los jardines vaticanos, y su «prisión» después de la sentencia fue la elegante Villa «Il Gioiello», en la que nadie le impidió que prosiguiera sus investigaciones ni que atendiera a sus colegas científicos en sus frecuentes visitas. Finalmente, su pena se redujo a rezar semanalmente siete salmos penitenciales. Tampoco sabe mucho el común de la gente de los motivos reales del proceso: se le pidió a Galileo que, mientras no probara su teoría, reconociera que era una simple hipótesis, a lo cual no solamente se negó él, sino que llamó imbéciles a sus jueces por contradecirlo. Lamentablemente, entre los católicos habemos muchos que, por ignorancia y falta de interés, pensamos de igual manera que lo hacen nuestros adversarios. |