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FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
Para mí, tanto la religión como las matemáticas son sólo manifestaciones de una misma divina exactitud...
Por el padre Justo López Melús El mundo moderno, dice Rahner, se ha entusiasmado con los grandes inventos de la ciencia y la técnica, como el niño que acaba de estrenar la bicicleta, y por andar en ella deja la Misa del domingo. La bicicleta se le ha convertido en ídolo, en algo absoluto. Pero, prosigue Hortelano, cuando, después de darse varios trompazos con la bicicleta, toma conciencia de que ésta no es algo absoluto, aunque sí un valor relativo, decide volver a Misa, pero en bicicleta. Con todo, no siempre es así. No siempre actúa con lógica el animal racional. El hombre, después de los trompazos, sigue con la bicicleta, pero muchas veces ya no vuelve a Misa. El progreso solo no es suficiente para dar sentido a la existencia. ¿De qué le vale al hombre, decían los universitarios de París, tener muchas cosas o incluso llegar a resolver el problema del hambre, si después todos nos morimos de aburrimiento? En cambio, «quien tiene en su vida un porqué, soporta siempre con alegría un cómo». Si hay oposición entre fe y ciencia el planteamiento está mal hecho. ¿Cómo conciliar fe y ciencia? Decía una vez Einstein al cardenal Faulhaber, de Munich: —«Respeto la religión, pero creo en las matemáticas. La posición de Su Eminencia creo será la contraria». Faulhaber respondió: —«Se equivoca. Para mí, tanto la religión como las matemáticas son sólo manifestaciones de una misma divina exactitud». Einstein insistió: —«Y si algún día las matemáticas sacan alguna conclusión opuesta a la fe, ¿qué diría usted?». Faulhaber contestó seguro: —«Tengo tal respeto por las matemáticas y los matemáticos que estoy seguro de que, en semejante circunstancia, ustedes no se darían descanso hasta descubrir dónde estaba el error». |