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¿Por qué me hice sacerdote?: José Ignacio Munilla Imprimir
Escrito por María Velázquez Dorantes   
Domingo 27 de Enero 2008

¿POR QUÉ ME HICE SACERDOTE?

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«Decidí ofrecerle a Dios un ‘cheque en blanco’ para que Él escribiese su voluntad»
Entrevista al obispo José Ignacio Munilla, de Palencia, España

¿Cómo nace la vocación de ser sacerdote?

El discernimiento de mi vocación fue bastante rápido. El contexto del que el Señor se sirvió fueron unos ejercicios espirituales. No es que yo me plantease el tema de la vocación dentro de aquellos ejercicios. Es más, ni tan siquiera  me pasó por la cabeza. Pero sí que recuerdo que la disposición con la que salí de ellos fue la de ofrecerle a Dios un «cheque en blanco» para que Él escribiese su voluntad.  A partir de ahí todo fue muy rápido. El Señor escribió su voluntad enseguida, y yo me di cuenta de que, si no pronunciaba un «sí» incondicional, no podría volver a mirarle a la cara sin sentir la vergüenza propia de quien sabe que le ha negado algo a Dios. Tenía entonces 17 años.

¿Qué experiencia ha marcado su vida como sacerdote?

Una de ellas ha sido la celebración del sacramento de la Confesión. Es impresionante comprobar la fuerza de la gracia de Cristo en las almas. Ser testigo de las conversiones es algo que remueve el alma del sacerdote. A esto hay que añadir otras experiencias, como la dirección de ejercicios espirituales y la experiencia de trato con jóvenes.

¿Qué es lo más desagradable o lo más difícil que ha tenido que enfrentar como sacerdote?

Un feligrés de mi parroquia fue asesinado por la organización terrorista ETA; el tener que afrontar aquella situación y la tensión vivida fueron uno de esos grandes retos en mi vida sacerdotal. También recuerdo que el Señor puso en mi camino a un número importante de heroinómanos, que primeramente hicieron un programa de recuperación, y posteriormente fueron muriendo a consecuencia del SIDA, uno tras otro. La atención espiritual de todos ellos me hizo entender que el sacerdocio es un don de Dios que nos acompaña en el «parto» para la vida eterna.

Por María Velázquez Dorantes

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