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Escrito por P. Juan Jesús Priego   
Domingo 26 de Agosto 2007

ENSAYOS CRISTIANOS

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En una taberna el rico habla con el pobre, el viejo con el joven, el ingeniero con el médico y todos discuten acerca del bien común, o de lo que cada uno cree que debiera ser el bien común. ¿Puede haber algo más democrático que una taberna?

Solía decir Chesterton que no había en la literatura universal palabras más bellas que éstas: despacho de bebidas. Pero como cada vez que lo decía se reían de él, el polemista tuvo necesariamente que explicarse. En una taberna, dijo, el rico habla con el pobre, el viejo con el joven, el ingeniero con el médico y todos discuten acerca del bien común, o de lo que cada uno cree que debiera ser el bien común. Al conversar entre ellos se contradicen, se explayan, se alteran, pero cada uno concibe planes, traza proyectos y murmura sugerencias. La taberna es el lugar donde los hombres se tratan como iguales. Y porque la igualdad es una bella cosa, también lo es la palabra que la simboliza. ¿Puede haber algo más democrático que una taberna? «Por eso —concluye Chesterton— la decadencia de las tabernas no es sino la manifestación de la decadencia general de las democracias».

En tiempos de nuestro escritor una taberna no era un lugar al que se iba solamente a beber, es decir, a embriagarse, sino adonde se iba, ante todo, a discutir: era un espacio público como el ágora de los griegos o el mercado de los medievales. En estos espacios «abiertos» (léase «democráticos»), el ciudadano se enteraba prácticamente de todo y contribuía a crear lo que tan pomposamente llamamos hoy «la opinión pública». ¿No dijo Jürgen Habermas, muchos años después de Chesterton, que la opinión pública había nacido de hecho en los cafés? ¿Y qué diferencia hay, al menos en Europa, entre un despacho de bebidas y un café? «El café —dice George Steiner, pensando en los cafés europeos de principios de siglo y no en los americanos de hoy, en los que te llevan la cuenta mucho antes de que des el primer sorbo— es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno. Está abierto a todos».

En síntesis, lo que Chesterton quiso decir era que, puesto que la gente ya no solía reunirse a charlar amigablemente entre ella, la democracia se hallaba en un estado de salud realmente grave; y el tiempo demostró que tenía mucha más razón de los que se reían al escucharlo, pues una de las características de nuestra época es la desaparición de los espacios democráticos (de las tabernas, diría genéricamente Chesterton): la gente se encuentra poco entre sí y discute aún menos acerca de los problemas de la comunidad. La plaza es un lugar que atraviesa de prisa, y el café una sala semioscura en la que prefiere hablar en voz baja, si no es que estarse en silencio hojeando revistas ilustradas. En otras palabras: si hoy la democracia está en peligro es porque antes lo ha estado la conversación.

De entre las múltiples causas de esta muerte de la socialidad habría que mencionar por lo menos dos. Una de ellas es la arquitectura. Los espacios posmodernos han sido construidos para caminarlos de prisa y sin detenerse. Los modernos centros comerciales -según observó agudamente Zygmunt Bauman- son moles arquitectónicas en las que está prohibido mirarse, amistarse, conversar o simplemente saludarse. «Los inmensos centros de compra —dice citando al noruego Nils Christie— brindan algunas oportunidades para los encuentros, pero son demasiados grandes para encontrarse con las viejas amistades; demasiado ajetreados y atestados, nunca permiten las pláticas prolongadas».

Este hecho —que no haya lugares que congreguen para la ociosa conversación— ha resultado sumamente funesto no sólo para el carácter de los individuos (que se les ha corroído, como constata con amargura Richard Sennett en uno de sus libros), sino también para la democracia, porque ésta, para funcionar debidamente, necesita gente informada y participativa; gente, en una palabra, que se preocupe de algo más que de contemplarse el ombligo.

El segundo factor lo constituyen los modernos medios de comunicación. Según constató desde hace mucho tiempo Edgar Morin, el gran pensador francés, los mass media privilegian historias en las que los héroes son hombres y mujeres sin compromisos políticos o religiosos y a los que parece no preocuparles nada, salvo su propia felicidad. Escribió así en El espíritu del tiempo: «Los deberes públicos, el Estado, la patria, la religión, el partido aparecen raramente en el cine occidental, o bien lo hacen como fatalidades exteriores o como problemas que pueden ser solucionados por el amor; la película es el encuentro de un hombre y una mujer solos». ¿Se había notado esto? En tales historias —y las vemos en todos los canales— el entorno no existe, la sociedad ha sido escamoteada para no dejar en el escenario más que un par de enamorados a los que no les importaría mucho que desapareciera el universo.

Educados por tales maestros y moviéndonos en tales espacios ya no resulta extraño que en las elecciones presidenciales de 1996, en los Estados Unidos, sólo el 49% de la población que estaba en grado de votar lo hiciera, y que en octubre de 2003, en San Luis Potosí (lugar desde el que escribo), este porcentaje hubiera descendido hasta alcanzar la vergonzosa cota del 30%. Chesterton tenía razón: si no nos importan los otros, tampoco podrá importarnos nada lo que le pase al mundo y mucho menos a la democracia. Puesto que el hombre ya no se junta a charlar amigablemente con sus semejantes, algo muy grave está a punto de suceder. Se quiera o no, el egoísmo privado acaba siempre convirtiéndose en catástrofe pública.

P. Juan Jesús Priego


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