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DILEMAS ÉTICOS 
¿Es posible establecer una relación entre la ética y la eficacia?
La eficacia es una de las misiones comunes a cualquier gestión. En mayor o menor grado, la obtención del resultado planeado es un tema que nos ocupa y nos preocupa cada día y que afecta la vida de las organizaciones. Sin embargo, en un mundo cada vez más y más regulado, cada vez más y más corrupto, una consecuencia prácticamente inevitable es la tensión que surge entre la ética y la eficacia. Esta tensión pone de un lado a los resultados económicos y del otro a la miseria social. Tensión que ocasiona conductas indeseables que terminan en la comisión de fraudes en el interior de las organizaciones. La primera pregunta: ¿Es posible establecer una relación entre la ética y la eficacia?, es decir, ¿medimos la ética con los mismos indicadores que se emplean para la medición del desempeño financiero? El uso de sistemas que obligan a la gente a reportar qué hace o deja de hacer, si hubiese más conductas éticas, ¿no haría falta? La segunda pregunta: ¿Esta relación entre ética y eficacia es de naturaleza instrumental? Es decir, la ética «paga dividendos», de manera que se convierte en una servidora de los resultados financieros, lo que nos colocaría ante una postura utilitarista. ¿La intención es que la gente se porte bien, para que la rentabilidad aumente? De tal forma que promovemos conductas «buenas» para que la rentabilidad se incremente. La tercera pregunta: Si la ética no «paga», ¿las conductas éticas representan costos y en consecuencia disminuyen la eficacia de la organización, haciéndose entonces ilegítimas desde la perspectiva estratégica o de la gobernabilidad de la organización? ¿Qué implica renunciar a la ética, renunciar a la moral?. ¿Cómo lograr un balance entre estos dos asuntos que parecen encontrados? Lo que está en juego son los criterios que empleamos para tomar una decisión y las conductas específicas involucradas en cada caso, lo que hace necesario considerar el contexto. La búsqueda de soluciones únicas a este dilema es casi imposible. Y más cuando se ha convertido en un asunto «común y corriente», lo que hace que entre más le buscamos más nos espinamos en la interminable cantidad de posibles respuestas. Sin embargo, dado el contexto, los actores, la ética y la eficacia, queda echar mano de la capacidad interpretativa para actuar de manera práctica, sin traspasar las fronteras de la moral. La herramienta más poderosa que ha dejado la «fiebre de la calidad» es el uso de estándares. Entendemos por un estándar un patrón de desempeño deseado que, al ser aplicado y observado, reduce errores en productos y servicios. ¿Es posible que establezcamos estándares éticos?, ¿es posible que los incorporemos a los hábitos de las organizaciones?, ¿es posible que hagamos normas que velen por el bien común? El desafío es hallar este balance entre la ética, las normas económicas y las conductas. Requiere tener conciencia de que «hacernos de la vista gorda» es aventar al futuro los problemas que debiesen resolverse cuando se hacen visibles o, mejor aún, previsibles. |