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ESTUDIO 
GUÍA PARA LA LECTURA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA (4 de 18) ...desprendimiento de las cosas materiales y liberación de los afectos...
Por el Padre Umberto M. Marsich, s.x. II. LA VERTEBRACIÓN BÍBLICO-TEOLÓGICA DEL DOCUMENTO Queremos proponer, esquemáticamente, lo que puede ser considerado como la columna bíblico-teológica del documento. A su alrededor señalaremos los ejes principales, o sea los conceptos básicos fundamentales de Aparecida, con algunas reflexiones complementarias nuestras. La primera parte del documento de Aparecida está inspirada por el ven y sígueme evangélico, o sea por el llamado de Jesús a todos sus discípulos para seguirlo: «Llamó a los que Él quiso y vinieron adonde Él» (Mc. 3, 13-14), para estar con Él y dejarse formar. Jesús, en efecto, es el camino, la verdad y la vida (Jn. 14, 6) y los discípulos estarán vinculados a Él, como los sarmientos a la vid (Jn. 15, 1-8). Los textos paralelos expresan, además, las condiciones del seguimiento: «Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 25. Ver también Mt. 10, 37ss.). Discípulo, en efecto, es aquel que escucha la enseñanza del Maestro y la pone en práctica. La petición que Jesús hace a aquellos que deciden seguirlo es que no lo consideren, emocionalmente, menos que sus familiares. En seguida, Jesús pedirá también el desprendimiento de los bienes materiales, no porque sean malos sino por que pueden alejar el corazón y la voluntad de los discípulos. Los afectos y los bienes, en la mente y en la vida de los discípulos, no pueden constituir el principal centro de interés, ni tampoco tener la misma importancia que Jesús. Además, a Jesús le desagrada el hecho de que muchos candidatos al discipulado, por no haber medido bien sus fuerzas y purificado sus intenciones, dejen de seguirlo, a la manera de quienes empiezan una construcción o inicien una batalla que, por falsos presupuestos y cálculos equivocados, dejan luego sin terminar o negociando la derrota (Lc. 14, 28-33). Dejan, así, de construir el Reino de Dios y abandonan la lucha contra el mal. El espíritu de estos textos es relatar la llamada al seguimiento de los doce apóstoles de Jesús para que estuvieran con Él, maestro y formador, y para ser enviados: «Subió al monte —escribe Marcos— y llamó a los que él quiso y vinieron donde él. Instituyó doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar a los demonios» (3, 13-15). Aquí encontramos, en efecto, el fundamento del discipulado de Jesús: experiencia que pide, necesariamente, desprendimiento de las cosas materiales y liberación de los afectos (Lc 9, 51-62). Las cosas y los afectos, aun ordenados, no deben alejarnos del seguimiento de Jesús y desplazarnos de Él. Llamados, entonces, a vivir como discípulos de Jesús e iluminados por Él, que vivió y murió para la redención y la liberación de todo mal físico y moral, personal y social de los hombres, nosotros no podemos ya no dejarnos interpelar por el sufrimiento, la injusticia y la cruz de nuestros pueblos, exactamente como lo señala el evangelista Mateo: «Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y para sanar toda enfermedad y toda dolencia» (10, 1). En efecto, no debemos olvidarnos que «la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana» (Discurso inaugural de Benedicto XVI en Aparecida). Aparecida, en seguida, explica el para qué del discipulado de Jesús, invitando a todos los creyentes a asociarse a su proyecto, como a una gran misión continental: «Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el continente» (DA 376). Como discípulos de Jesús, escuchamos su mandato misionero de ir por todo el mundo a anunciar el Evangelio (Mt. 28, 19; Lc. 24, 46-48, Mc. 16, 15-18) y a construir su Reino. La misión de anunciar el Evangelio y construir el Reino de vida de Dios, es la razón de nuestro seguimiento y discipulado de Jesús: «Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da el encargo muy preciso de anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones. Por esto todo discípulo es misionero» (DA 159). Y el Reino tiene rasgos muy concretos y valores muy claros, por los cuales tenemos que trabajar y lograr, así, una sociedad más justa e igualitaria, más fraterna y misericordiosa, más pacífica y humana. Será posible lograrla mejorando la situación socio cultural; luchando por una economía más equitativa y por una política más respetuosa de la dignidad humana y finalizada hacia el bien común, también internacional y planetario; defendiendo la biodiversidad y respetando a los pueblos más vulnerables: los indígenas y los afro-americanos. En pocas palabras, el Reino de Jesús es el reino de la vida plena y total (1Cor. 15, 28); es la oferta de una vida plena para todos: «Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud» (Jn. 10, 10). Y todo en el respeto y defensa de la dignidad humana, ante una cultura actual que tiende a proponer estilos de ser y de vivir contrarios a la naturaleza y dignidad del ser humano (DA 401): «Dentro de esta amplia preocupación por la dignidad humana, se sitúa —reconoce el DA— nuestra angustia por los millones de latinoamericanos y latinoamericanas que no pueden llevar una vida que responda a esa dignidad» (405). |