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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 20 de Enero 2008

PÓRTICO

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La verdad requiere de fieles defensores, no de gente pusilánime. La verdad de la vida como regalo de Dios exige arrojo e inteligencia.

Por Jaime Septién

La cultura creada por los medios de comunicación de masas no tiene lugar para la verdad. La verdad incomoda porque exige ver siempre más allá; más allá de los cuerpos, más allá de los objetos, más allá de la posesión del otro mediante el dinero o el poder. El teólogo Yves M-J Congar decía: «En el mundo actual (...) existe, sobre todo para los cristianos, un deber, en extremo urgente de verdad. El mundo está lleno de mentiras. Nuestros diarios mienten, no dicen más que una parte de las cosas».

¿Deber para los cristianos? Sí: deber. Se trata de restituirle a la verdad el lugar que le corresponde. La verdad requiere de fieles defensores, no de gente pusilánime. La verdad de la vida como regalo de Dios exige arrojo e inteligencia. Volver a la realidad, tratar de informarse, estudiar, ver al otro en su destino trascendente, defender la vida, seguir con fidelidad la Doctrina de la Iglesia, «experta en humanidad» (Pablo VI), son algunos de los caminos que llevan a Jesús.

La Iglesia es un bien de la sociedad que la sociedad se niega a aquilatar, porque los medios de comunicación han cimentado un lenguaje que hace imposible dar cabida al seguimiento de Cristo, desde la Cruz hacia el corazón del otro. Los católicos podemos restaurar el reino de la Verdad si no jugamos al juego estéril del autoritarismo, la indiferencia, la desunión o la socarrona coincidencia con el resumen principal de los medios: que la Iglesia se equivoca siempre.

Cuando tengamos un medio de comunicación en nuestras manos, buscar el patrón que interconecta antes que la supremacía de mi corriente, de mi capilla, de mi movimiento. Que todos seamos uno, como Padre e Hijo son uno. Cuando participemos en los medios, por azar o por decisión propia, por casualidad o por providencia, seguir el consejo de un viejo cura sabio: decir poco, aferrarse al Evangelio, no hablar de lo que no se conoce, ser buenos y, además, simpáticos. Cuando nos comportemos como usuarios de los medios, hacerlo con visión católica, poniéndonos las gafas de la trascendencia, verificando la dignidad de la persona humana y aceptando que la Verdad alinea en nuestra cancha.

Finalmente, apoyar las iniciativas de comunicación emanadas de la Iglesia. El diablo nos susurra al oído que siempre habrá una publicación, un programa, un libro mejor. Puede que si lo haya, pero, por lo pronto, saquemos adelante, entre todos, lo que tenemos.


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