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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 26 de Agosto 2007

PÓRTICO

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Tenemos que comenzar a hablar de la buena intransigencia; de la presencia en nuestras opiniones y en nuestras vidas de un estado de ánimo en el que se note que poseemos algo más que un indicio de la verdad.

Por Jaime Septién

Lo que hoy se nos pide en todos lados es respeto liberal (quiere decir sin compromiso) a la actividad, la manera de proceder, la opinión (aunque sea grotesca) del otro. Nada de enseñar que existe un territorio sacro; una pasión semejante a la de Isaías cuando vio al Señor sentado en su alto y elevado trono. Nada de aparecer ante los otros, los que nos juzgan, como un aguafiestas que se cree, como dicen los aficionados al futbol, «la última cerveza del estadio».

Tenemos que comenzar a hablar de la buena intransigencia; de la presencia en nuestras opiniones y en nuestras vidas de un estado de ánimo en el que se note que poseemos algo más que un indicio de la verdad. Admitirlo todo «como si fuera igualmente verdadero» es tanto como degradar la Redención. Cristo no vino para darnos un ligero quemón del camino sobre el cual debemos andar; vino para enseñarnos el verdadero camino que conduce a la casa del Padre. Sin embargo, para caer-en-gracia (congraciarnos) de quienes tienen la consigna de acabar con el cristianismo (porque les estorba), nos abrimos de capa, aceptamos lo que nos digan, concedemos razón, desterramos de nuestra esfera de acción la sombra de un desacuerdo. Empero: ¿es eso lo que nos pide la Iglesia? De ninguna manera: la Iglesia nos pide pensar hondo y pensar limpio. Luego, exteriorizar ese pensamiento para hacer cultura y para generar una civilización limpia, e interiorizarlo y hacer espiritualidad. Estamos en el fundamento de la pregunta sobre cómo comunicar nuestra fe cristiana. Una respuesta es posible, y nada más una: con la convicción de quien no «traduce» ni «tolera» la verdad sino que la vive desde su entraña más íntima. Si no se comunica una certeza, se abre paso a un relativismo muy propio de la «nueva era». Si Cristo está con nosotros hasta el fin de los tiempos; si la fuerza del mal no prevalecerá sobre su Iglesia; si Él es el camino, la verdad y la vida, ¿a qué le tememos? Yo sé la respuesta: a nuestra fatídica indecisión; a nuestra congénita necedad de esperar milagros para creer, cuando los milagros se producen a cada segundo en nuestra vida y nuestro entorno.

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