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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 20 de Enero 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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¿Habíamos caído en la cuenta del gran valor de nuestra vida cotidiana, tal y como la hemos vivido hasta el día de hoy, con sus molestias y sus incomodidades, con sus grandes frustraciones y sus pequeñas alegrías? En ocasiones nos quejamos, ¡pero cuánto daríamos por volverla a tener cuando alguien amenaza con quitárnosla!

Por el padre Juan Jesús Priego

Se habla de secuestro cuando una persona, contra su voluntad, es arrebatada de su ámbito vital para no ser devuelta a él más que a cambio de una suma de dinero. (Esta suma, por lo demás, es siempre grande: llega a tener tantos ceros que al hombre de la calle le resulta imposible imaginársela).

El secuestro se diferencia del rapto en que éste último puede no estar motivado por la obtención rápida de dinero, en tanto que aquél, por el contrario, casi siempre lo está. Como se sabe, una de las más antiguas modalidades del matrimonio fue el llamado «matrimonio por rapto». Cuando un hombre trepaba a una mujer a la grupa de su cabalgadura y la sacaba —con violencia o sin ella— de la influencia familiar, de la casa paterna, dicha mujer era considerada entonces esposa legítima del raptor.

Dirá usted, tal vez, que era ésta una manera demasiado cavernícola de contraer matrimonio; no obstante, durante siglos y siglos tal fue el modo de casarse más extendido. Para no ir tan lejos, recuérdese que fue gracias a uno de estos raptos amorosos que dio inicio la llamada cultura occidental, cuando Helena fue raptada por Paris, príncipe de Troya, según se cuenta en La Ilíada.

¿Modalidad cavernícola? Acaso sí, aunque no tanto, sobre todo si se piensa que la llamada luna de miel de nuestros días no es otra cosa que la pervivencia del antiguo rapto mediante el cual el hombre se llevaba a la mujer a tierras lejanas para disfrutar de su amor sin ningún tipo de intervenciones paternas, recomendaciones maternas o imponderables del mismo estilo. ¿La luna de miel un rapto? Sí, rapto verdadero, aunque disfrazado de hermosa tradición.

Al rapto por amor sigue el rapto político. ¿Se puede hablar de secuestro cuando ciertos adversarios ideológicos «arrebatan de su ámbito vital» a un hombre para hacerlo ceder en sus posturas intelectuales u obligarlo a firmar documentos de gran importancia? El lenguaje cotidiano dice que no. 

El secuestro, propiamente dicho, tiene que ver de manera directa con el dinero.

— ¿Cuánto piden? —he aquí la pregunta que todos hacemos en el momento de oír decir que alguien ha sido secuestrado, como si nos quedara bien claro qué era lo que buscaban exactamente los que lo hicieron.

— Cien millones —oímos que nos responde nuestro interlocutor.

¿Cien millones? La cifra nos parece excesiva. Ni siquiera nos es posible concebirla. No obstante, es verdad: cien millones de pesos es la cantidad que piden los secuestradores para devolver a su víctima a su hábitat natural, a su vida cotidiana. Y, en este punto, surge una pregunta: ¿tanto vale nuestra vida cotidiana?

Es posible que la víctima sufriera de migraña, o que incluso estuviera afectada por un asma nada fácil de sobrellevar; que sufriera de continuas depresiones o que padeciera sencillamente del corazón. Esto es algo que no importa y que los criminales ni siquiera se preguntan. No dicen, por ejemplo: «¿Aceptarán sus familiares darnos la cantidad que pedimos? Pues este hombre, a lo que se ve, no está muy sano que digamos». No, nada de esto se preguntan los secuestradores, sino que dicen con plena seguridad: «Tu vida de siempre a cambio de cien millones». Es decir: «Tu asma, tu bronquitis, tu pastilla para los nervios a cambio de esa suma. ¿De acuerdo?». Y tanto la víctima como sus familiares responden unánimes: «De acuerdo».

¿Habíamos caído en la cuenta del gran valor de nuestra vida cotidiana, de nuestra existencia tal y como la hemos vivido hasta el día de hoy, con sus molestias y sus incomodidades, con sus grandes frustraciones y sus pequeñas alegrías? En ocasiones nos quejamos de ella diciendo que es aburrida, insípida, monótona y absurda. ¡Pero cuánto daríamos por volverla a tener cuando alguien amenaza con quitárnosla!

Justo cuando está a punto de morir, el rey Berenguer, personaje inolvidable del teatro de Eugène Ionesco (1912-1994), reconoce: «¡Ah, la vida!... Echas a andar, tomas una cesta, vas a hacer las compras. Sacas el portamonedas, pagas, te dan el vuelto. En el mercado hay alimentos de todos los colores: lechugas verdes, cerezas rojas, uvas doradas, berenjenas violetas… ¡todo el arco-iris! Extraordinario, increíble. Un cuento de hadas… También es hermoso aburrirse, y encolerizarse, y no encolerizarse, y estar descontento, y estar contento, y resignarse, y protestar. Se agita uno, y hablas y te hablan, tocas y te tocan. Una magia todo ello, una fiesta continua».

Pero el rey se muere y ahora lamenta no haber asistido nunca a  esa fiesta cotidiana a la que, sin embargo, todos los días recibió —sin atenderla— una discreta invitación.

¡Qué lástima que sean los secuestradores, esos criminales, quienes nos den la noticia del valor inapreciable de nuestra vida, esa vida que en ocasiones vivimos con desgano y aburriéndonos! ¡Qué lástima que sea gracias a ellos que podamos entrever cómo se puede ser feliz sin saberlo!

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