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Escrito por + Mario De Gasperín, obispo de Querétaro   
Domingo 26 de Agosto 2007

LA VOZ DE LOS PASTORES

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Una obra cultural y literaria de dimensiones universales necesita ser espejo del alma humana, del hombre en su totalidad y plenitud.

Por Mario de Gasperín Gasperín, Obispo de QUERÉTARO

Cuenta José Ortega y Gasset que, cuando se rindió un homenaje internacional a Víctor Hugo en el palacio del Elíseo, el vate de Francia, apoyado el codo en un extremo de la chimenea del salón de recepciones, iba saludando a los delegados de las diversas naciones y, según el turno, exclamaba: «Inglaterra: ¡Ah, Shakespeare! España: ¡Ah, Cervantes! Alemania: ¡Ah, Goethe!». Cuando llegó el representante de Mesopotamia, tras un breve titubeo, dijo: ¡Ah, la humanidad!».

¿Qué habría dicho el grandisolemne poeta francés si hubiera pasado a presentarle sus cumplidos el representante de México? Cada uno puede especular sobre el signo que hubiera podido escoger el homenajeado para identificarnos, pero difícilmente habría señalado alguna obra literaria de envergadura universal como la que ostentan otras naciones; quizá ni nosotros mismos nos hemos puesto a pensar sobre la necesidad que tenemos de una obra literaria que nos identifique y unifique en el campo de la cultura. Obras artísticas y literarias de mérito no nos faltan, pero su alcance no es universal. Sus autores no logran trascender su entorno, su época, su ideología, su mundillo y el coro de sus aplaudidores. No carecen de méritos, sino de trascendencia.

Una obra cultural y literaria de dimensiones universales necesita ser espejo del alma humana, del hombre en su totalidad y plenitud. Para tomar un ejemplo clásico, lo trascendente en la obra de Homero no es la guerra de Troya sino la ira de Aquiles, la amistad de Patroclo, la sagacidad de Ulises, la fidelidad, valentía y piedad filial de Héctor; en una palabra, lo que trasciende al hombre, sus pasiones y virtudes, no su ser circunstancial. La auténtica obra de arte es un espejo del corazón humano, donde el hombre puede asomarse al abismo de su miseria y contemplar la sublimidad de su grandeza; palpar la espesura de sus tinieblas y los destellos divinos de su razón. Así el hombre va delineando el perfil de su rostro, conociéndose a sí mismo, y cumpliendo con su vocación de ser racional. Como esta tarea dura toda la vida, la obra de arte es artículo de primera necesidad.

Obras como la de fray Bernardino de Sahagún Historia General de las Cosas de la Nueva España y los polifacéticos escritos de sor Juana Inés de la Cruz podrían acercarse a este ideal. Ambas se enraízan en el suelo indígena, en concreto en el náhuatl, se nutren de la vena cristiana y florecen; la primera, en un cúmulo imponente de datos históricos y antropológicos de obligada consulta para el estudioso de nuestros orígenes; y la segunda, mediante el vehículo espléndido del lenguaje poético, nos introduce en los secretos del corazón humano y nos arrebata hasta la altura de la filosofía, de la teología y de la mística. Es verdad que para llegar a reconocerlas en su justa dimensión se necesitaría un alma universal y católica, abierta a la razón y a la trascendencia como la de ambos autores. Espíritus así no florecen en los campos minados por las ideologías y los sectarismos, por donde solemos transitar. Aunque la palabra, al decir de Ortega, «es un sacramento de difícil administración», será siempre un medio necesario para nuestra salvación.

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