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Escrito por Justo López Melús
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Domingo 20 de Enero 2008 |
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PINCELADAS 
Su sangre caliente había dado vida a sus hijos, su amor los había resucitado. Y entonces él inclinó la cabeza y expiró.
Por el padre Justo López Melús El pelícano fue en busca de alimento para sus pequeños. Una serpiente se acercó hasta el nido, donde dormían los pequeños. Dio un mordisco envenenado a cada uno, y todos murieron. La serpiente, satisfecha de su hazaña, volvió a su escondite. Al poco tiempo el pelícano volvió. Al ver aquella matanza empezó a llorar y dicen que todos los habitantes del bosque lo acompañaban en sus lamentos. «¿Qué sentido tiene ahora mi vida sin ustedes? —decía el pobre pelícano—. Quiero morir yo también con ustedes». Y se puso a rasgarse el pecho con el pico, precisamente sobre el corazón. La sangre le brotaba a raudales, empapando a los pequeños asesinados. Pero, ¡qué maravilla!, su sangre caliente había dado vida a sus hijos, su amor los había resucitado. Y entonces él inclinó la cabeza y expiró. El pelícano es figura de Jesucristo. Nos dio su sangre y expiró en la cruz. |