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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 13 de Enero 2008

PÓRTICO

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El clima, si no de linchamiento sí de sospecha e insidia que se ha creado en México contra la Iglesia católica —desde algunos medios de comunicación y desde ciertas esferas del poder político—, empieza a cobrarse víctimas de carne y hueso.

Por Jaime Septién

La nota que acompaña este comentario debería mover a más de alguno a encender los timbres de alarma. Ya ha sucedido en otro ámbito, con los periodistas, que también son carne de cañón de la violencia en México. Para proteger a ese gremio se ha creado una fiscalía especial. ¿Y para proteger a los sacerdotes?

El clima, si no de linchamiento sí de sospecha e insidia que se ha creado en México contra la Iglesia católica —desde algunos medios de comunicación y desde ciertas esferas del poder político—, empieza a cobrarse víctimas de carne y hueso.

Triple tributo de sangre pagaron los sacerdotes mexicanos (un colectivo de poco más de 15 mil personas) el año pasado. Robo, secuestro, tortura y asesinato a sangre fría contra tres consagrados a Jesús es una salvajada, más en un país como el nuestro que se precia de ser católico y devoto ferviente de la Madre del Creador en su advocación de Guadalupe.

Y es que desde la acusación irrestricta de pederastia hasta las recientes reformas electorales que los ponen como ciudadanos de tercera categoría, pasando por el tema de las «narcolimosnas» y de que quieren volver por los fueros que les arrebató la Reforma juarista del siglo X1X, medios profundamente jacobinos y tendencias dizque «progresistas» de la política traen a mal traer a nuestros —a menudo heroicos—sacerdotes.

El estúpido laicismo radical, disfrazado de relativismo moral y de «modernidad», ha arremetido contra la Iglesia, considerándola la tejedora de todos los males de la Patria, la embaucadora número uno de las conciencias y la causa del atraso nacional.  Y eso calienta, eso azuza, eso le da alas a los alacranes del hampa —organizada o no—para deshacerse, sin demasiados escrúpulos, de quienes «mantienen la ignorancia del pueblo y encima lo roban con las limosnas».

No conocí a ninguno de los tres caídos en 2007. Pero siendo manos consagradas, me hinco ante su memoria, pido una oración por ellos y exijo, como deberíamos exigir todos los católicos del país, que se detengan —ya— los ataques contra la Iglesia y contra los sacerdotes. Estamos matando lo mejor que tenemos, el bien mayúsculo de la sociedad mexicana, la fe de nuestros padres, la escalera que nos ayuda a llegar al Cielo. Y eso sí que es muy grave.


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