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VIGÍA 
No faltan, entre los promotores de esos signos del «progreso» y la «modernidad» que son la eutanasia, el aborto, la liberación sexual, la transa, etc., quienes piden que la Iglesia no sea admitida al debate público sobre dichos temas porque ella siempre se ha opuesto a todo lo nuevo.
Por Javier Algara No faltan, entre los promotores de esos signos del «progreso» y la «modernidad» que son la eutanasia, el aborto, la liberación sexual, la transa, etc., quienes piden que la Iglesia no sea admitida al debate público sobre dichos temas porque ella siempre se ha opuesto a todo lo nuevo. Y es curioso ver cómo, de tanto oír los discursos de esas personas, gran parte de la sociedad termina creyendo en ellos y alabando a esos defensores del modernismo; los coloca en los nichos reservados para la intelectualidad y los eleva al rango de paladines de la libertad humana. Todo eso me trae a la memoria un comentario leído en alguna obra de G. .K. Chesterton. Dice él que quien, haciéndose vocero del progreso, critica que la Iglesia siempre se opone a lo nuevo, seguramente no se da cuenta de que su misma crítica no tiene nada de novedoso. Los católicos siempre han sido criticados por lo mismo. Por otra parte, las «novedades» que la Iglesia rechaza hoy, provocando con ello la aversión de los vanguardistas contemporáneos, son exactamente las mismas que rechazó antaño, provocando igual reacción en los vanguardistas de entonces. Y ni siquiera fueron los cristianos los primeros en ser objeto de esas censuras. Me imagino que ya cuando Moisés bajó del Sinaí con los Mandamientos en la mano no faltaron voces de «avanzada» en Israel —los que hicieron el becerro de oro, ni duda cabe— que lo criticaron por oponerse a la «modernidad» del asesinato (incluido el de niños no nacidos y de inválidos), de la fornicación o del fraude. A los profetas les fue peor cuando denunciaron el alejamiento de Dios, que en ese tiempo constituía la más avanzada expresión de modernismo en el pueblo de la Alianza. Ni en su tiempo faltaron, obviamente, quienes acusaran a Jesús de «desactualizado y exagerado» por haber calificado de adulterio el simple desear a la mujer del vecino, o de «fuera de la realidad» por recomendar que se pagaran los diezmos del templo y los impuestos de César, cuando hubiera sido más acorde a los tiempos si les hubiera dado un tip de cómo evadirlos. Indudablemente que los gays y lesbianas de entonces han de haber pintarrajeado consignas de rechazo a la intolerancia en la puerta de la cárcel donde estaba san Pablo, resentidos por el contenido «retrógrado» y «homofóbico» de su famosa carta a los cristianos de Roma. Los abortistas del siglo II, según lo que describe la Carta a Diogneto, con seguridad denunciaron como «faltos de compasión por las mujeres» a los cristianos que no mataban a los hijos no deseados, y de «arcaicos» a los que veían mal el wife-swapping de moda. Definitivamente la Iglesia sí es una eterna oponente de todas esas «novedades». |