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FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
Debemos recuperar a María para todos. Podemos verla junto a Jesucristo y a la primitiva Iglesia, como la Virgen, la Madre y Testigo de excepción.
Por el padre Justo López Melús Una interpretación superficial de la misión de la Virgen les ha hecho perder capacidad de convocatoria a ciertos grupos cristianos, por considerarla fuente de una piedad idealista e individualista. Hay que situar a María en su sitio, como elemento capital del Cuerpo Místico, según el Vaticano II. Nadie debe acaparar a la Virgen. Debemos recuperar a María para todos. Podemos verla junto a Jesucristo y a la primitiva Iglesia, como la Virgen, la Madre y Testigo de excepción. María-Virgen, como actitud de absoluto compromiso con la voluntad de Dios para el plan salvífico. Siempre disponible para liberar a todos de toda esclavitud. La castidad, en sentido positivo, se opone a la piedad angelista, y nos hace libres, generosos, dependientes sólo de Dios, para estar más disponibles y acudir a las necesidades de los hermanos. María-Madre indica que toda ella está referida a Cristo. «Haced lo que Él os diga». Su existencia se explica por su maternidad divina. Es el lugar privilegiado del encuentro de la divinidad con la humanidad. María ayuda a ver a Dios en el hombre. María es puente hacia Dios. Es como un sacramento por el que se nos da la gracia de la salvación. María-Testigo aparece en Pentecostés apoyando a los apóstoles. Está allí, junto a ellos, discretamente, pero confortando a todos. Se sitúa en el corazón de la comunidad para evitar todo individualismo. María, de este modo, adquiere virtualidades que la convierten en liberación, cristificación y comunicación eclesiales, cosas válidas y actuales para siempre. |