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Esaú y su plato de lentejas PDF Imprimir Correo
Escrito por Javier Algara   
Domingo 06 de Enero 2008

VIGÍA

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Nos pasamos la vida anteponiendo cosas secundarias a cosas de primera importancia, y perdiendo ambas.

Por Javier Algara

Todos conocemos la historia del trueque que hizo Jacob de un plato de lentejas para quedarse con la primogenitura de Esaú, su hermano mayor. La primogenitura acarreaba toda clase de grandes beneficios y la bendición paterna, tesoro preciosísimo. Ese intercambio catapultó a Jacob a un papel protagónico en la historia de la salvación. Consecuentemente, se sabe mucho acerca de las andanzas posteriores de Jacob, su lucha con el ángel, los doce hijos, etc.

Poco se habla, empero, sobre los eventos que marcaron la vida de Esaú. Vamos, ni siquiera sabemos qué le pareció a éste el plato de lentejas que constituyó el objeto de aquel intercambio descomunalmente desproporcionado (cfr. Gn 25, 30-34). Se nos dice simplemente que, después de consumir el platillo, se levantó y se fue. ¿No se arrepentiría después? Creo que no exageramos al creer que sí lo hizo. Y es que —no podemos evitar pensarlo— ¿en qué cabeza cabe cambiar lo más por lo menos? ¿No es una estupidez mayúscula? Pues sí, claro. Y la tontería no estriba únicamente en que el hijo mayor de Isaac prefirió quedarse con una nimiedad desdeñando algo inigualablemente superior, sino que, a final de cuentas, la misma nimiedad fue algo fugaz, imposible de poseer para siempre.

Dice C.S. Lewis: «Sacrificar un bien mayor para obtener un bien menor y, después, ni siquiera quedarse con el bien menor, es algo increíblemente absurdo». El sabor de las lentejas le duró a Esaú lo que tardó en comerlas. Lo más trágico del asunto es que Esaú no fue el único tonto. Porque, ¿no hacemos nosotros exactamente lo mismo una y otra vez? Nos pasamos la vida anteponiendo cosas secundarias a cosas de primera importancia, y perdiendo ambas. ¿Cuánto le dura al alcohólico su gusto por el vino? Lo que tarda, cuando mucho, en perder la chamba y la familia. ¿Cuánto disfruta el ladrón el fruto de sus fechorías? Aunque se dijera que hasta la muerte, eso también es una falacia; angustiado, no duerme cuidando su botín. Esta tendencia, inevitable al parecer, a hacer las cosas al revés es una trágica paradoja de la vida humana, desde aquel momento en que Eva y Adán comieron la fruta prohibida. El hombre pierde de vista su dimensión de creatura y se quiere convertir en otro dios, atribuyéndose el poder de dar valor y significado a las cosas, contrariamente a lo originalmente querido por Dios. Nosotros queremos ser los que decidimos qué es importante y qué no, qué es bueno y qué es malo, sin tener que consultarlo con Dios. Y terminamos por perder la primogenitura y las lentejas.

Afortunadamente, hay un remedio contra eso. La desobediencia y la soberbia —la estupidez humana, el pecado— son vencidas por la obediencia y la humildad de Cristo, el Siervo de Yahvé —la locura de la que san Pablo se enorgullece—. El Siervo cargó sobre sus hombros el castigo de nuestra soberbia tonta. El amor de Dios pudo más que nuestra estulticia. El diablo y sus aliados continuarán invitándonos a erigirnos dioses de nuestra historia, omitiendo culposamente advertirnos que al final nos quedaremos con las manos vacías. La vista fija en «Aquel que traspasaron», y el abandono de nuestra voluntad en la voluntad del Padre, que se puso «en contra de sí mismo» por nuestro amor, será el único camino para no tener que arrepentirnos de cambiar lo más por lo menos.


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