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Porque hemos visto su estrella… Imprimir
Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 06 de Enero 2008

ENSAYOS CRISTIANOS

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La fiesta que hoy celebramos, fiesta de la Epifanía, quiere decirnos también esto: la vida del hombre está en las manos de Dios, y allí nadie puede hacerle daño, ni siquiera lo que parecería más ineluctable y poderoso.

Por el padre Juan Jesús Priego

El hombre antiguo estaba lleno de miedos. Temía las tormentas, temía la enfermedad, pero, sobre todo, temía a los astros del cielo. Las variaciones del firmamento lo llenaban de terror. Por eso no es nada extraño que «unos hombres venidos de Oriente» emprendieran un viaje tan largo con el único fin de perseguir una estrella.

El evangelio no nos dice cómo se llamaban estos hombres; tampoco nos dice cuantos eran (¿tres, cuatro, cinco, más?), pero sí lo que encuentran al final de su larga travesía: «Al entrar en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, incienso y mirra» (Mateo 2, 11).

Los Padres de la Iglesia, profundos conocedores del tiempo en que vivieron, lograron captar el profundo significado que encerraba este episodio de la vida de Jesús y vieron en él la ocasión para curar al hombre de ese miedo astral que venía padeciendo casi desde el principio de los tiempos. Ya no son las estrellas quienes tienen en su mano los destinos del mundo, pues hay Alguien mucho más poderoso que ellas: Jesucristo el Señor.

El tiempo de la astrología ha terminado. Los astros no tienen ya otra misión que señalar a Aquél que los sembró con profusión en la infinita vastedad de la bóveda celeste. Desde entonces se los puede contemplar, pero ya no hacen temblar: sus movimientos apenas nos inquietan. «Dos cosas –escribió el filósofo Immanuel Kant (1724-1804) en su Crítica de la razón práctica- llenan el ánimo de admiración y un respeto siempre nuevos y crecientes a medida que la reflexión se ocupa de ellas y en ellas se aplica: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí». ¿Podía haber dicho esto mismo un hombre de la antigüedad? Acaso lo segundo sí, pero de ninguna manera lo primero. ¡El cielo estrellado lo oprimía, llenándolo de un terror casi sagrado!

En su última encíclica (Spe salvi. Sobre la esperanza cristiana), el Papa Benedicto XVI, siguiendo la tradición de los Padres, escribe así en el número 5, refiriéndose a la callada desesperación que atormentaba a los habitantes del mundo antiguo:

«Se veía lo divino de diversas formas en las fuerzas cósmicas, pero no existía un Dios al que se pudiera rezar. (San) Pablo explica de manera absolutamente apropiada la problemática esencial de entonces sobre la religión cuando a la vida «según Cristo» contrapone una vida bajo el señorío de «los elementos del mundo» (Cf. Colosenses 2,8). En esta perspectiva, hay un texto de San Gregorio Nacianceno que puede ser muy iluminador. Dice que en el momento en que los Magos, guiados por la estrella, adoraron al nuevo Rey, Cristo, llegó el fin para la astrología, porque desde entonces las estrellas giran según la órbita establecida por Cristo (Cf. Poemas dogmáticos V, 55-64; PG 37, 428-429). En efecto, en esta escena se invierte la concepción del mundo de entonces que, de modo diverso, también hoy está nuevamente en auge. No son los elementos del cosmos, las leyes de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, es decir, el universo; la última instancia no son las leyes de la materia y de la evolución, sino la razón, la voluntad, el amor: una Persona. Y si conocemos a esta Persona, y ella a nosotros, entonces el inexorable poder de los elementos materiales ya no es la última instancia; ya no somos esclavos del universo y de sus leyes, ahora somos libres».

¿Hay algo más absurdo que un cristiano dependiente del horóscopo, que obedece al adivino y se hace leer (¡lleno de espanto!) las cartas del tarot?

La fiesta que hoy celebramos, fiesta de la Epifanía, quiere decirnos también (es decir, además de todo lo que ya sabemos) esto: la vida del hombre está en las manos de Dios, y allí nadie puede hacerle daño, ni siquiera lo que parecería más ineluctable y poderoso. En las manos de Dios todo hombre está llamado a vivir confiado y en paz.

La siguiente historia, tomada de un libro escrito en el siglo XVIII, tal vez podría mostrarnos lo que significa, ya en la práctica, afrontar la vida cristianamente. Cuenta don Bernardino Fernández de Velasco y Pimentel (1707-1771) en su Deleite de la discreción y fácil escuela de la agudeza (¡uf, qué títulos y nombres más largos, los antiguos!) que una vez, «cuando estaba por hacer la jornada de África», vino un tal a decirle al rey don Sebastián que en el cielo se había dejado ver un cometa y que éste era un mal augurio. ¿Es que el rey no lo sabía? ¡Nunca se gana una batalla cuando se ha visto un cometa! Lo más recomendable era pues batirse en retirada: lo ordenaban los astros, y con los astros no se juega… A lo que respondió el rey: «¿Con que se ha visto un cometa? Pues sabe que lo tengo por feliz pronóstico, pues me está gritando que acometa».

Sí, que los astros se muevan todo lo que quieran; que se muevan, pero que no impidan que también nosotros nos movamos. Ellos tienen su misión en el firmamento y nosotros la nuestra en la tierra. Así que los saludamos a lo lejos, les guiñamos un ojo y les decimos lo que el salmista hace muchos, muchos años: «Astros del Señor, bendecid al Señor». Y seguimos adelante.

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