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Al mal se le vence con amor |
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Escrito por El Observador
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Domingo 26 de Agosto 2007 |
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Al mal se le vence con amor, decía el recién fallecido cardenal Lustiger.
Falleció hace unos días, a la edad de 80 años, el cardenal Jean-Marie Lustiger, un judío convertido al cristianismo. Fue arzobispo de París durante 24 años, hasta su retiro en 2005 a los 78 años.
Su madre, Gisele, murió en Auschwitz; pero sobre esta tragedia familiar el Cardenal no hablaba públicamente. Sólo el Día Nacional de Recordación, en el que Francia recuerda la deportación y muerte de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, Lustiger, que participaba en la lectura de los nombres en 1999, llegó al de su madre. «Gisele Lustiger», dijo, y agregó «ma maman» (mi mamá), antes de continuar.
«A la fuerza del mal sólo se puede responder con una fuerza aún mayor del amor», dijo el arzobispo Lustiger en agosto de 2005 en Lodz, Polonia, en memoria de los más de 200 mil judíos deportados desde allí a los campos de concentración nazis.
Renovar las aguas
El periodista José Luis Restán escribió para Libertad Digital el artículo titulado «Cuando Francia se quedó estupefacta». De él se reproducen a continuación algunas datos acerca de este pastor de la Iglesia:
«El 2 de febrero de 1983 los medios de comunicación franceses transmitían, incrédulos y asombrados, la noticia de que el nuevo arzobispo de París era Jean Marie Lustiger, un hijo de emigrantes judíos polacos que abrazó el catolicismo en la adolescencia, y que apenas llevaba un año y tres meses como obispo de Orleáns. Dice George Weigel en su biografía de Juan Pablo II, que éste fue el nombramiento más arriesgado del papa Wojtyla. Por un lado Lustiger... seguía siendo un outsider de los circuitos eclesiásticos: su severo análisis de los problemas de fondo del catolicismo francés eran tan independientes del frente progresista como de los nostálgicos de la restauración, y venía a sugerir un auténtico cambio de rumbo. Y si la decisión podía remover las aguas internas, no menos podía reabrir otras cuestiones delicadas, por ejemplo la hipersensibilidad de la comunidad judía, siempre atenta a descubrir agravios en la orilla católica. Lustiger, cuya madre murió en Auschwitz, nunca ocultó sus raíces judías: más aún, ha expresado, con suma delicadeza, que entrar en la Iglesia católica había sido para él la forma de recuperar el judaísmo.
«El nuevo arzobispo demostró enseguida por qué había sido elegido: era capaz de dialogar de tú a tú con la cultura hija de la Ilustración, aceptaba fajarse con la contestación juvenil y con los medios de comunicación, y estaba dispuesto a realizar los cambios que fueran necesarios.
Fuera envidias
«Al calor de sus iniciativas ha surgido una nueva generación de intelectuales católicos en Francia. También es verdad que en los momentos difíciles aceptó ser la voz incómoda que otros renunciaban a encarnar...
«Y ha dejado a sus hijos esta amonestación paternal: ‘fuera las envidias, las ambiciones y los repliegues sobre sí mismas de las comunidades cristianas: hay que tejer una trama solidaria para la evangelización’. El camino sigue, otro deberá empuñar ahora el cayado».
Con información de «Semanario» y «Libertad Digital» |