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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 30 de Diciembre 2007

PÓRTICO

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¿A quién le darán gracias los que no creen en Dios?

Por Jaime Septién

Creo que fue Chesterton quien preguntó: ¿a quién le darán gracias los que no creen en Dios? Es verdad: ¿a quién? ¿Al aire, al sol, al gobierno, a la vida en general, al verano, a la suerte? Qué desolador ha de ser llegar al final de un año y no poder voltear al cielo (con los ojos y con el alma) para agradecer a Dios el don de la vida y la esperanza de contemplar su amorosa faz algún día; el regalo inmerecido de la esposa o el esposo, de los hijos, de la vida consagrada, del trabajo, el amor, la amistad, el cariño, la alegría, la música, la poesía, el pensamiento, la palabra que alivia, la oración que apacigua, el perdón que restaña, el milagro de la Encarnación, la fuerza del «sí» de María, la risa limpia de los niños, la pureza de la mirada de las monjas de clausura, el ejército de la solidaridad que va creciendo, la oportunidad que nos dan los más necesitados de servirlos, el testimonio de santidad de los sacerdotes, la guía magistral de los obispos, la montaña de sabiduría cariñosa que atesora el papa Benedicto XVI, el recuerdo de Juan Pablo el Grande, los ojos de María de Guadalupe, su tierna vocación de amparo, la sangre de los jóvenes comprometidos, el camino abierto al reencuentro de la Iglesia, la Iglesia misma, madre de los hombres y esposa de Jesucristo, la Eucaristía y la liturgia, que nos acercan al misterio y hacen de la oración una ventana abierta a los horizontes del tiempo, la luz que nos ilumina para hacer el bien, la confesión que nos devuelve la amistad verdadera, el martirio de tantos que han dado su vida por la vida eterna; por nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros hermanos, por los que hacen la voluntad de Dios, por los políticos católicos que se la juegan en silencio, por los que escriben sabiendo que son instrumentos del Padre, por los que no se dejan convencer de que Dios no tiene derechos en la vida pública, por los seminaristas que quieren llegar al altar sin mancha, por los diáconos, por los ministros de la Palabra, de la Eucaristía, por las mujeres y los hombres que han dejado todo para seguir a Jesús, por todos ellos, y por ti, queridísimo lector, encuentro razones para creer y para agradecer un año más a Dios nuestro Padre. Porque —y ese sí que fue Chesterton quien lo dijo— «el agradecimiento es la forma más elevada del pensamiento».


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