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Una vez más, abrimos un año nuevo. Un nuevo comienzo, una oportunidad de analizar nuestra vida y, sobre todo, analizar qué haremos con el tiempo que se nos ha concedido de aquí en adelante.
Por Antonio Maza Pereda Una vez más, abrimos un año nuevo. Un nuevo comienzo, una oportunidad de analizar nuestra vida y, sobre todo, analizar qué haremos con el tiempo que se nos ha concedido de aquí en adelante. Seguramente usted deseará a muchos un feliz año nuevo y muchos se lo desearán a usted. Pero... ¿está usted dispuesto a lograr que este nuevo año sea feliz? ¿Está dispuesto a hacer que otros sean felices? Porque debemos ir más allá del mero deseo. Tenemos que hacer feliz este año nuevo, no sólo el día primero, sino los 366 días que tendrá el próximo 2008. Nosotros, los católicos, tenemos la vocación de ser felices y de hacer felices a los demás. Todo lo que Dios nos ha dado ha sido para nuestra felicidad: la Creación, su revelación, la encarnación de su Hijo, su clemente providencia y su infinita misericordia. Claro, no se trata de la misma felicidad que da el mundo. La felicidad que nos da Jesús es la felicidad que no se acaba, la de la vida eterna. El mundo nos da una felicidad que dura poco. Una que nos llega muy rápidamente, y así de rápido se va. Esa felicidad basada en el dinero, en el placer, en la juventud, en el prestigio y otras muchas cosas que no duran. El católico que verdaderamente sigue a Jesús no rechaza esa felicidad, pero está dispuesto a renunciar a esas felicidades pasajeras para obtener la felicidad eterna. En otras palabras, está dispuesto a recibir la felicidad que no termina cuando la de este mundo se opone a la que Dios nos da. Amiga, amigo: le deseo esa felicidad, la que no se acabe; la deseo para ustedes, sus familias y sus amigos. Les deseo que su felicidad se les note, para que el mundo sepa que hay otra felicidad diferente y duradera. Que su felicidad sea como una luz que atraiga a todos hacia la Luz Verdadera: Cristo Jesús. Les deseo felicidad para cada uno de los días de su vida actual y, sobre todo, para cada día de su vida eterna. Que Dios los bendiga. |