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VIGÍA  Benedicto XVI afirma que el encuentro con Dios en la fe no sólo es formativo, sino performativo, pues cambia la vida de las personas.
Por Javier Algara Benedicto XVI, casi al inicio —en el número 3— de su nueva encíclica Spe salvi, afirma que para nosotros, los cristianos, y me imagino que sobre todo para los que vivimos en sociedades cristianas de larga tradición, la esperanza, al igual que otras facetas de la vida cristiana, se ha convertido en simple parte del paisaje diario, que ya no provoca en nosotros ninguna admiración. Esto es una llamada de atención a los cristianos de parte del Papa. De hecho —todos somos testigos de ello— cuando se habla de las virtudes teologales, de la que menos se habla, o en la que menos se pone el acento, es en la esperanza. Es como si para nuestra vida cristiana de cada día sólo necesitáramos la fe y la caridad. La frase, sin embargo, con la que el Papa termina ese comentario es algo que debería despertarnos sobresaltados de nuestro letargo: la esperanza proviene del encuentro real con Dios. Si nuestra esperanza está chata, aletargada, es que también nuestro encuentro con Cristo, en la fe, está en las mismas deplorables condiciones. Y de poco nos sirve una virtud sin filo y somnolienta, sobre todo cuando más la necesitamos: en el lado oscuro de la vida, en el sufrimiento, en la precariedad y la falta de sentido existencial. En esos instantes es cuando la persona humana necesita la esperanza que le asegura que en la vida hay algo más que el dolor, e incluso algo mejor que las cosas buenas que pudieran esperarnos aquí a la vuelta de la esquina oscura. Y es sólo el contacto personal y directo con el Señor resucitado, el Kyrios, quien en obediencia pasó por lo peor pero ya triunfó definitivamente de modo superior a cualquier paradigma humano de superación del mal, y la experiencia de que ese Kyrios lo ama personalmente a uno, lo que puede hacer nacer la esperanza cristiana. Es obvio. Ni las teorías filosóficas, ni el más afamado de los métodos de meditación trascendental, ni la disciplina personal más estricta, podrán jamás ser fuente de esperanza genuina. Lo más que éstas lograrán será sacarnos de la mediocridad humana, y quizás acercarnos al encuentro con el Señor, pero hasta ahí. Es por ello que Benedicto XVI afirma que el encuentro con Dios en la fe no sólo es formativo, sino performativo, pues cambia la vida de las personas, como cambió la vida de santa Josefina Bakhita, la antigua esclava sudanesa mencionada como ejemplo por el Papa. Tal transformación está plenamente atestiguada en la vida de casi todos los santos. Si hoy poco o nada de lo que pasa en la Iglesia y en su entorno nos alcanza a sacudir e interpelar, y mucho menos nos hace esperar performativamente, es porque quizás no estamos siendo capaces de encontrarnos con el verdadero Señor. Puede ser porque muchos cristianos nunca hemos podido lograr pensar en Cristo más que como otro fundador de religiones del pasado, al igual que Mahoma, por ejemplo, ni entendido que Cristo realmente vive resucitado y nos ama, ni nos amamos mutuamente como para llamar la atención, o porque la rutina se ha apoderado de las manifestaciones de fe como la liturgia. |