|

El primero de enero celebramos la solemnidad de Santa María, fecha propicia para recordar a María como maestra del amor divino y humano, y es que el uno no excluye al otro, muy al contrario, son mutuamente incluyentes.
Por Omar Árcega E. Si bien la actitud de la caridad está presente en nuestra vida diaria, en esta época del año somos más perceptivos hacia ella, emulando uno de los actos de la caridad: el dar y recibir. No hay época del año en que se ofrezcan más sonrisas, se den más abrazos y unos a otros nos deseemos parabienes. El origen de todo esto (aunque la sociedad se esfuerce en olvidarlo) es uno de los actos más grandes de caridad: la encarnación de Dios Hijo, el Dios que se hace hombre para la salvación de la humanidad. Este hecho se sustento en dos actos de amor nacidos de los corazones humanos: 1. Aquel «Hágase en mí», expresado por la Virgen María, con el cual se adhiere al plan salvífico y con justicia es llamada «modelo de fe y caridad» (CIC, 967). El primero de enero celebramos la solemnidad de Santa María, fecha propicia para recordar a María como maestra del amor divino y humano, y es que el uno no excluye al otro, muy al contrario, son mutuamente incluyentes; quien dice amar a Dios y no tiene caridad para con su prójimo no ama realmente (cfr. 1Jn 4,20) y quien dice amar al prójimo y rechazar a Dios, no lo aborrece del todo pues «Dios es amor» (1, Jn 4, 18). Parafraseando a Sta. Edith Stein: «Quien ama a su próximo, ama a Dios tanto si lo sabe como si no». La caridad mariana hacia el prójimo es palpable en la visita que hace la Virgen a su parienta Sta. Isabel. En este hecho se percibe la sensibilidad de María para condolerse de las necesidades de sus semejantes. Las bodas de Caná son otra clara prueba de esto (cfr. Jn 2, 1-10). 2. San José protagonizó el segundo acto de caridad que llevó a buen término la encarnación de Cristo. Desposó contra toda lógica a una mujer que, según las leyes judías, era impura; lo hizo por amor a Dios y por amor a la Virgen. |