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Escrito por P. Juan Jesús Priego   
Domingo 30 de Diciembre 2007

ENSAYOS CRISTIANOS

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¿Pero no era demasiado egoísta pensar sólo en su propia felicidad? ¿Por qué no invertir los términos y decir que era ella, más bien, quien había nacido para hacer feliz al chico que en ese momento la buscaba sin saber su nombre y sin haberla visto nunca?

«Vamos, no te pongas así. Ya encontrarás a alguien que te quiera de veras», dice la madre a la hija que llora por el novio recién perdido. «En el mundo hay cientos de muchachos que, de conocerte, te querrían. Nadie sabe en qué lugar del mundo cabalga, buscándote, el príncipe que ha nacido exclusivamente para ti». La madre hablaba como si la vida fuera un cuento de hadas, pero ¡ay, los príncipes están en vías de extinción, y los pocos que quedan ya no saben montar!

No obstante eso, la hija comprendió el mensaje y se enjugó las lágrimas. Sí, en algún lugar del mundo existía un ser nacido sólo para ella. Pero, ¿dónde exactamente? «Y si se hallara ahora en China o en Kabul, ¿cómo nos encontraremos?». Formula la pregunta en voz baja y la madre, al escucharla, se queda callada, sin saber qué responder. «Aún cuando hubiera nacido en la ciudad de México, o en Morelia, sería difícil encontrarlo», piensa de nuevo la joven, pero ahora se queda en silencio. «Sí, en algún lugar, pero no aquí».

Sin siquiera adivinarlo, la muchacha estaba experimentando la misma inquietud que había experimentado por lo menos setenta años atrás un joven llamado Guéret en una novela de Julien Green (1900-1998). «Cierto —pensaba Guéret—, en la tierra había prados verdes, bosques en los que poder esconderse y perderse, muchachas jóvenes que habrían podido amarlo, pero una odiosa necesidad aislaba los seres, cerraba la puerta, se divertía haciendo pasar por una calle a aquellos que habrían podido encontrar la felicidad en la calle siguiente, a hacer nacer a unos demasiado pronto y a otros demasiado tarde». (Leviatán). «Sí, en algún lugar, ¿pero en cuál de todos?». En último análisis, era la inquietud de saber si existía o no un orden en el universo, si existía o no una Providencia cuidadosa. «Nacer —ha dicho alguien— es una lotería: pocos van a dar al lugar adecuado» (Pino Cacucci, Demasiado corazón).

Antes, cuando atravesaba el jardín cercano a su casa y veía a decenas de jóvenes revoloteando a su alrededor, la joven se preguntaba: «¿Cuál de ellos podrá ser?». Pero de un tiempo a la fecha, desde que creía haber encontrado al amor de su vida en el novio recién partido, ya no se hizo más esa pregunta. Ahora volvía a hacérsela de nuevo. «¿Cuál de ellos podrá ser?», murmuraba apoyada en el alféizar de una de las ventanas de su casa.

La madre interrumpe sus pensamientos para decirle que tiene razón en preguntarse todas esas cosas, que tiene mucha razón, pero que de cualquier manera tiene que confiar en que Dios, que es sabio, no podía olvidar ese detalle haciendo nacer muy alejados el uno del otro a los seres que debían amarse. «Dios es providente, querida mía. Él proveerá». La muchacha se consuela pensando que sí, que Dios no podía descuidar un detalle de tal magnitud y pensó que en alguna calle de la ciudad caminaba en ese momento el chico que ha sido creado sólo para que ella pudiera ser feliz.

¿Pero no era demasiado egoísta pensar sólo en su propia felicidad? ¿Por qué no invertir los términos y decir que era ella, más bien, quien había nacido para hacer feliz al chico que en ese momento la buscaba sin saber su nombre y sin haberla visto nunca? Entonces suplicó con voz callada: «¡Oh, Dios mío, haz que me encuentre, haz que lo encuentre!».

Este diálogo de la madre con su hija desdichada encierra una gran profundidad: es la pregunta por el misterio del propio ser. ¿Por qué razón estamos aquí? ¿Hemos sido hechos de esta manera, con estas características físicas y psicológicas —y no con otras— para llenar un vacío, para atender una súplica, para satisfacer un deseo ajeno nunca expresado? Mis peculiaridades, es decir, todo aquello que hace que yo sea yo mismo, ¿es producto del azar, de la casualidad, o fue hecho para satisfacer una demanda? Hay unos versos de Dulce María Loynaz (1903-1997), la escritora cubana, en que esta pregunta adquiere rasgos de obsesión; dicen así:

Señor que lo quisiste, ¿para qué habré nacido?
¿Quién me necesitaba, quién me había pedido?
¿Qué misión me confiaste? ¿Y por qué me elegiste,
yo, la inútil, la débil, la cansada...? La triste.

San Agustín (354-430) ha respondido ya a esta pregunta: «Porque nos hiciste para ti, Señor» (Confesiones 1, 1 ,1). Fuimos hechos por Dios para Él, y aun cuando tengamos amigos y nos casemos, estamos sólo como prestados, y tarde o temprano Dios reclamará lo que es suyo. Recuerdo el caso de un marido que había perdido a su esposa y blasfemaba, diciendo: «¿Quién es Dios para quitármela, quién es Dios?». Le respondí: «¿Que quién es Dios? ¡El verdadero dueño de tu mujer! A ti solamente te la había prestado por un breve tiempo. Ahora bien, ¿aprovechaste este tiempo que tú sabías que iba a acabar?».

No obstante, la respuesta de san Agustín no excluye ni se contrapone con lo que pensaba aquella muchacha. ¿Hemos nacido porque alguien, en algún lugar, nos necesitaba precisamente como somos? Nunca lo sabremos, pero prefiero pensarlo así a suponer que no hemos venido a llenar ningún hueco, a curar ninguna soledad y a pronunciar palabras que nadie esperaba.

P. Juan Jesús Priego

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