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El origen católico de las cajas populares Imprimir
Escrito por Omar Árcega E.   
Domingo 09 de Septiembre 2012

Image «Por un capital en manos del pueblo»

Omar Árcega E.

Muchas son las instituciones modernas impulsadas y creadas por la Iglesia católica. Una de ellas es el movimiento de creación de cajas populares, instituciones de ahorro y crédito que surgieron con la finalidad de que el grueso de la población contara con apoyos financieros para crear negocios, ayudas para casos de emergencia y fomentar la cultura del ahorro; he aquí la apasionante historia de este movimiento.

Los inicios

En 1902 Miguel Palomar y Vizcarra, en varios eventos católicos, explicó las bondades y lógica de las cajas rurales. Aquellas cajas debían ser formadas por individuos de reconocida moral y catolicidad, su domicilio debería estar a la cabeza de una parroquia y su funcionamiento interno se señalaba en una asamblea. Se fundaron algunas pero la lucha revolucionaria y la persecución religiosa las apagaron. No sería hasta 1948 cuando la conferencia del episcopado mexicano publicó el «Exhorto para aliviar la situación de los campesinos en México», en donde se decía: «Es necesario despertar el interés de los campesinos por el ahorro y garantizar el servicio de depósitos en sociedades que por ningún motivo sean lucrativas».También habla de fomentar la cultura cooperativista. Cuatro años antes el sínodo diocesano de Querétaro hablaba de que los párrocos debían promover instituciones económicas como «cajas de ahorro, mutualistas, para caso de enfermedad, viudez etcétera».

En 1949 el presbítero Pedro Velázquez Hernández, director del entonces «Secretariado Social Mexicano», mandó a dos jóvenes sacerdotes a estudiar el modelo cooperativista en Canadá. Uno de ellos llegó a ser el obispo Carlos Talavera y el otro fue Manuel Velázquez, su hermano, el primer asesor de la confederación de cajas. En 1951 se fundó la primera caja «León XIII» y se inició un proceso de formación de este género de cooperativismo por todo el país, encabezado por el sacerdote y sociólogo Pedro Velázquez.

El crecimiento

Entre finales de 1950 y mediados de 1970 se fundaron cajas de ahorro a lo largo y ancho del país. La mayoría, impulsadas por sacerdotes; los estados donde más intenso se produjo el crecimiento fueron: Guanajuato, Jalisco, Querétaro, Michoacán, Zacatecas y San Luis Potosí. En un principio eran organizaciones donde sus miembros se agrupaban «de manera voluntaria, sin recibir ningún tipo de compensación económica, con el fin de apoyarse entre sí mediante la ayuda mutua, el ahorro y el préstamo. El objetivo era alejar a las cajas populares de la especulación y la usura y facilitar la obtención de crédito a aquellos que no pudieran conseguirlo en otras instituciones. El proyecto incluía favorecer el desarrollo social, cultural y religioso de la comunidad». La intención era crear un movimiento nacional para mostrarle al pueblo de México que era «dueño de su destino», palabras que en cada oportunidad expresaban los padres Velázquez.

Fue tal el crecimiento que tan solo en la diócesis de Querétaro en 1963 había 30 cajas en funcionamiento. De 1956 a 1961 se calcula que 31 sacerdotes estuvieron de alguna forma implicados en la fundación de estas asociaciones, prácticamente uno de cada cuatro del clero diocesano. Casi todas ellas nacieron en los anexos parroquiales; por ejemplo, las cajas Libertad e Inmaculada se constituyeron en uno de los salones de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús en la ciudad de Querétaro.

El presente

Con el tiempo estas organizaciones se fueron secularizando. Las que crecieron pudieron contratar personal y extenderse geográficamente. Algunas decidieron unirse y así fortalecerse. Salieron de las instalaciones parroquiales y se convirtieron en medianas y grandes empresas.

Actualmente la gran mayoría ya no tiene nexos religiosos. Los sacerdotes que las motivaron sembraron la semilla; algunos de ellos enfrentaron incompresiones dentro y fuera de la Iglesia, pero la historia ha mostrado que estas instituciones contribuyeron a que nacieran pequeños negocios o los ya existentes se hicieran más grandes; han aliviado las urgencias económicas de miles de familias y, sobre todo, han abierto la posibilidad de ahorro y préstamo para personas sin acceso a la banca. Un aporte de la Iglesia para hacer de este mundo un lugar más justo.

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