|

Sobre la película La brújula dorada... La presencia de Dios en el mundo siempre ha provocado intenciones de matarlo.
Por Walter Turnbull Me llegan varios correos con la triste, preocupante noticia de una película —«La brújula dorada»— supuestamente para niños, basada en un libro escrito por un enemigo de Dios. No un enemigo insignificante, como lo somos todos algunas veces cuando le volteamos la espalda, no: hablamos de un enemigo declarado, un fanático militante del ateísmo, que en una trilogía de libros termina presentando, como final feliz, al hombre matando a Dios para librarse de Él. Esto, aunque debe preocuparnos y ocuparnos, no debería extrañarnos ni tantito. La presencia de Dios en el mundo siempre ha provocado intenciones de matarlo. Desde el arrebato momentáneo de Herodes, hasta la Ilustración, la masonería o el comunismo, con campañas permanentes a nivel internacional. En nuestro país con este fin se han probado balas, leyes, programas educativos... Hoy este empeño es como una plaga extendida por el mundo que convive con la humanidad y que brota en cualquier momento de cualquier nauseabundo agujero. Hoy a Cristo ya no se le puede volver a matar, pero sí se puede matar su presencia entre nosotros. Es una guerra sin tregua fuera y dentro de cada uno. Por eso Cristo deja en el mundo una Madre que pueda seguirlo engendrando diariamente. Cristo renace de la Iglesia en cada sacramento, en cada conversión, en cada prédica, en cada catequesis, en cada acto de amor, en cada oración fervorosa. Para mantenerse vivo en nosotros, necesita renacer una y otra vez en nuestro corazón, en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestras instituciones, en nuestras naciones. Por eso la Iglesia nos ofrece la Navidad. La Navidad no es simplemente recordar con alegría aquel glorioso momento en que Dios se hace niño entre nosotros. Es actualizar el misterio. Es hacernos el propósito de que Cristo vuelva a nacer todos los días en el oscuro y sucio portal, en nuestras almas pecadoras, en nuestro ambiente corrompido, en nuestro mundo secularizado, y que igual que el pesebre se llenó de luz y de calor, nuestras vidas y nuestro mundo se llenen de la gracia y de la luz de Cristo. No importa lo densas que sean las tinieblas o incómodo el lugar. Cristo puede volver a nacer dondequiera que María es recibida y un José acondiciona el pesebre. |