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CULTURA 
Según el colombiano nacionalizado estadounidense Rodolfo Llinás, postulado varias veces al Premio Nobel, existen dos grandes sistemas: el más primitivo, el de las pasiones, el dolor, que es una pasión, la envidia, la pereza, la lujuria, comer y sentir, que no es negociable.
Por Carlos Díaz
Según el colombiano nacionalizado estadounidense Rodolfo Llinás, postulado varias veces al Premio Nobel, existen dos grandes sistemas: el más primitivo, el de las pasiones, el dolor, que es una pasión, la envidia, la pereza, la lujuria, comer y sentir, que no es negociable. Alguien te gusta o no, algo te da placer o no, como al reptil. La posibilidad de negociar con la realidad sólo se da con el segundo sistema, el neocórtex, aunque está completamente dominado por las pasiones». O sea, de nuevo el dualismo cartesiano, o el Vizconde Demediado, mitad y mitad, como si aquí no hubiera pasado nada. ¡Como si el hombre viejo y el hombre nuevo no tuviesen nada que ver! Tendemos al maniqueísmo, y no sólo los moralistas, sino también los nuevos moralistas, es decir, los científicos.
Tampoco se puede afirmar eso de que pienso primero y existo después, o que el existir depende del pensar, pues el ser sigue al pensar. No. No se puede decir «pienso, luego existo».
¿Será entonces lo correcto retorcer el argumento obligándole a cantar «existo, luego pienso»? Tal parece quererlo Antonio Damasio, jefe de neurología en la Universidad de Iowa, Estados Unidos: «A decir verdad, me gusta Descartes, es un gran pensador, pero creo que la forma en que se ha interpretado su formulación ha tenido una influencia negativa en nuestra forma de pensar. Parece que sólo importa pensar, la razón, y que lo que subyace a ella, la emoción y el ser, son menos importantes, cuando en realidad forman un todo. Lo mejor que podemos decir es que ‘somos’, que la vida reside en nuestro organismo y que tenemos emociones y sentimientos, y que todo esto tiene una gran influencia en la imaginación, el proceso de pensamiento y de razonamiento. Por tanto, en definitiva, las mayores conquistas de nuestro organismo —la razón, por supuesto, y la creatividad— no están separadas, no se encuentran en otro nivel ni surgen de arriba abajo, sino que surgen de abajo arriba, son la continuación hacia algo muy complejo pero que, en realidad, emana de la representación del cuerpo, del organismo y su vida.
Los órdenes más bajos de nuestro organismo están en el rizo de la razón superior. Todo está mezclado y es una mezcla en forma de rizo: por tanto, en vez de ver la razón aquí y la emoción ahí, como las capas separadas de un pastel, lo que pasa en realidad es que nos encontramos con la emoción interfiriendo en la razón y con la razón modificando la emoción. Es muy importante comprender que tenemos todas estas posibilidades -emoción, razón- porque tenemos la capacidad de representar nuestro cuerpo en nuestro cerebro. Nuestro cerebro está representando constantemente el estado de nuestro organismo; está siempre ahí, cada milisegundo se ajusta la representación de nuestro cuerpo en el cerebro. Y cada cosa de nuestra mente, cada operación de nuestro cerebro, gira alrededor del problema de mantener la vida» (Existo, luego pienso. En Punset, E: Cara a cara con la vida, Ed. Destino, Barcelona, 2006,pp. 193-194)..
Es muy cómodo pensar que podemos controlarlo todo conscientemente, pero al cerebro también le resulta fácil actuar inconscientemente. Si no fuera así, estaríamos tan ocupados calculando cada uno de nuestros pasos o cada respiración, que no seríamos capaces de hacer nada importante. Desde luego, pero este retorcimiento de Descartes (del pienso luego existo a su contrario) sigue siendo más de lo mismo: primero una cosa —el existir— y luego otra —el ser—. ¡Cómo nos cuesta superar el dualismo, en este caso ontológico, que separa existencia, a la que ahora se concede prioridad, y mente. Vamos de Guatemala en Guatepeor.
Así las cosas, ¿existe un criterio para determinar lo real? No, no existe, ya que la realidad, como se ha dicho, no es ningún atributo de lo que es. Max Scheler pensaba que lo real se hace perceptible mediante la oposición, que la experiencia de la realidad es experiencia de la resistencia, pero quizá esto no se ajuste del todo a la verdad. «No se pueden separar —asegura Robert Spämann— ontología y ética. El amor y la justicia no son posibles en el supuesto solipsista de que yo estoy sólo en el mundo, es decir, en el supuesto de que los otros hombres y los otros seres vivientes son solamente un sueño mío». Ya Platón analizó detalladamente la decadencia de una civilización de las emociones en la que solamente interesan las sensaciones y vivencias, y no lo realmente vivido en ellas, es decir, en la que lo importante es la sensación y no la realidad. Tal civilización tiende a la autodestrucción. Conduce a la desaparición de la persona, quedando solamente sujetos abstractos de emoción, sujetos sin dimensión temporal y sin dimensión biográfica. Se olvida el ‘carácter intencional de los sentimientos’. No es buena señal, por ejemplo, que la palabra ‘diversión’ esté en auge hasta el extremo de que se recomienden las misas por ser divertidas. La alegría es algo diferente de la diversión. La alegría es siempre apertura a la realidad. Nosotros verificamos en el amor que el otro es tan real como nosotros mismos». |