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¡Qué gran honor ser párroco! Imprimir
Escrito por Roberto Sánchez del Real Pbro.   
Domingo 05 de Agosto 2012

Image Puede parecer que la principal ocupación de un párroco es administrar una «sucursal» de la Iglesia. Yo no lo creo así. No lo he vivido así.

Puede parecer que la principal ocupación de un párroco es administrar una «sucursal» de la Iglesia: entrevistas, firmas, sellos, papeles, contar morralla, organizar rifas y ventas de tamales… Y, a la par de esta tarea administrativa, la celebración de sacramentos y ceremonias. Yo no lo creo así. No lo he vivido así.

Estoy convencido de que ser «padre» es el papel principal de un párroco. Sí, ya sabemos que ésa es la palabra con la que los fieles nos designan a los sacerdotes. Les confieso que me parecía una palabra excesiva al principio de mi ministerio sacerdotal. Una palabra mal aplicada, pensaba. Pero el tiempo me ha hecho experimentar por qué nuestra gente nos llama así.

Para mí ser párroco ha significado acompañar a mi gente en sus luchas, angustias, triunfos, sueños, dolores, alegrías, derrotas, esperanzas, esclavitudes, liberaciones, frustraciones y gozos. Sí, me ha tocado «tener que ser» duro, tierno, considerado, moderado, radical, sincero, condescendiente, humano, feminista, ecologista, demócrata, sindicalista, pedagogo, psicólogo, biblista, canonista, intolerante, comprensivo, apologeta; he tenido que hacerla de limosnero, de gestor, de amigo, de tío, de papá sustituto, de hermano mayor, de maestro, de consejero... De profeta del desastre, de anunciador de grandes cosas, de defensor del que no se puede defender.

Me ha tocado la dicha de compartir todas las etapas de la vida con mi gente. Pero también me he tenido que indignar cuando los niños vagan por las calles mientras las madres ven televisión, cuando los papás se gastan el salario en cervezas y cigarros, cuando mi gente roba por medio de la báscula mal calibrada, cuando los adolescentes no estudian y sólo pierden el tiempo engañando a sus padres, cuando los patrones los explotan y también cuando ellos —como trabajadores— no cumplen. He sabido de los sinsabores de las madres de familia usadas por sus hijos y esposos como sirvientas en vez de ser respetadas y amadas; he llorado al ver como los ancianos son despojados de sus bienes por sus propios hijos; he compartido la angustia de los trabajadores despedidos por el pecado de llegar a los 40 años; he sentido la indignación del pobre que tiene que acudir al IMSS o la Secretaría de Salud y que es tratado como cosa y no como persona. Me he desesperado cuando constato que muchos de los padres y madres de familia no fomentan los valores cristianos y humanos sino la pereza y el egoísmo.

Pero también he gozado con la conversión de muchos que han hecho a Jesús el centro de su vida. He sentido el gozo de haber culminado muchas cosas materiales: oficinas, sacristía, casa parroquial gracias al trabajo de toda una comunidad. He gozado en nuestras fiestas de Pascua y Navidad. He visto cómo el Señor ha sido misericordioso con nosotros, cómo ha liberado de la prisión injusta, reconciliado familias y restaurado vidas que estaban en la basura. He sentido y vivido la presencia de Dios.

Ser párroco para mi ha sido lo máximo. Gracias, Señor, porque me has hecho padre.

Pbro. Roberto Sánchez del Real

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